miércoles, 27 de mayo de 2015

Adelanto Never Judge a Lady by Her Cover

Chase
Marzo 1823
Castillo Leighton
Basildon, Essex

Te amo.
Tres extrañas y pequeñas palabras que contenían mucho poder.
No es que Lady Georgiana Pearson —hija de un duque y hermana de otro, hija honorable, de deber, impoluta presentación, y mujer de perfecta crianza en la aristocracia— hubiese escuchado nunca.
Los aristócratas no amaban.
Y si lo hicieran, sin duda la mayoría no hacía algo en base a admitirlo.
Así que fue una sorpresa, con franqueza, que las palabras saliesen de sus labios con tal facilidad, comodidad y verdad. Pero Georgiana nunca en sus dieciséis años había creído nada tan bien, y nunca había tenido tanta prisa por deshacerse de las cadenas de expectación que eso venía con su nombre, su pasado y su familia. En verdad, lo abrazaba —el riesgo y recompensa— emocionada por sentir al fin. Vivir. Ser.
El riesgo de ser dañada: eso era amor.
Y eso la había liberado.
Sin duda, nunca habría un momento tan precioso como este —en los brazos del hombre que amaba, con el que pasaría el resto de su vida. Más que eso. Con el que construiría un futuro, y huiría de su nombre, su familia y su reputación.
Jonathan la protegería.
Él había dicho que la protegería del frío marzo y la guió aquí, a los establos de la finca de su familia.
Jonathan la amaría.
Él había susurrado las palabras mientras sus manos habían desatado y levantado, prometiéndole todo mientras la tocaba y acariciaba.
Y ella las había susurrado en respuesta. Entregándole todo.
Jonathan.
Suspiró su placer a los travesaños, descansando más cerca de él, amortiguada por esbeltos músculos, áspera paja y cubierta en una cálida manta de caballo que debería haberla arañado y molestado, pero que de alguna forma era suave, sin duda por la emoción que acababa de atestiguar.
Amor. La cosa de sonetos, madrigales, cuentos de hadas y novelas.
Amor. La evasiva emoción que hacía a los hombres llorar, cantar y sufrir con deseo y pasión.
Amor. La sensación de vida cambiando que hacía todo más brillante, cálido e increíble. La emoción que todo el mundo estaba desesperado por descubrir.
Y ella la había encontrado. Aquí. En el frígido invierno, en el abrazo de este magnífico chico. No. Hombre. Era un hombre, al igual que ella era una mujer, una echa hoy en sus brazos, contra su cuerpo.
Un caballo en los establos de abajo relinchó suavemente, pateando en el suelo de su puesto, resoplando su necesidad por comida, bebida o afecto.
Jonathan se movió debajo de ella, y ella se acurrucó contra él, envolviendo la sabana más fuerte alrededor de ambos.
—Aun no.
—Debo ir. Se me requiere.
Yo te requiero, —dijo ella, poniendo su mejor flirteo.
La mano de él se posó en su hombro desnudo, cálida y dura donde ella era suave, enviando una emoción de deleite por ella. Cuan extraño era que alguien la tocase —primero la hija de un duque, después la hermana de uno. Impoluta. Sin marcar. Sin tocar.
Hasta ahora.
Sonrió.
Su madre tendría un ataque cuando descubriese que su hija no tenía necesidad ni intención de aparecer. Y su hermano —el Duque de Disdain— el más imposible y nombrado aristócrata que Londres conocía… no lo aprobaría.
Pero a Georgiana no le importaba. Iba a ser la Señora de Jonathan Tavish. No mantendría el “Lady” con el cual era nombrada. No lo quería. Solo le quería a él.
No importaba si su hermano se esforzaba por evitar el casamiento. Ya no había forma de pararlo.
Ese caballo en particular había dejado el granero proverbial.
Pero Georgiana permaneció en el pajar.
Sonrió ante la idea, la hizo llenarse de amor y riesgo —dos lados de una muy gratificante moneda.
Él se estaba moviendo debajo de ella, ya saliendo del cálido cobijo de sus cuerpos, dejando entrar el aire frío y volviendo su piel desnuda en carne de gallina.
—Deberías vestirte, —dijo, poniéndose los pantalones—. Si alguien nos atrapa…
No tenía que terminar; había estado diciendo lo mismo durante semanas, desde la primera vez que se habían besado, y durante todos los momentos robados que habían precedido. Si alguien los atrapaba, él sería fustigado. O peor.
Y ella estaría arruinada.
Pero ahora, después de hoy, después de yacer desnudos en este duro heno de invierno y permitirle explorar, tocar y tomar con sus labradas manos… ella estaba arruinada. Y no le importaba. Eso no importaba.
Después de esto, huirían —lo harían para casarse. Irían a Escocia. Comenzarían una nueva vida. Ella tenía dinero.
No importaba que él no tuviese nada.
Tenían amor, y eso era suficiente.
La aristocracia no tenía que ser codiciada. Tenía que ser compadecida. Sin amor, ¿por qué vivir?
Suspiró, observando a Jonathan durante un largo momento, maravillada ante la gracia con la cual él se puso la camisa y la metió en los calzones, la forma en la que se puso las botas como si lo hubiese hecho cientos de veces en este espacio de bajo techo. Se envolvió su pañuelo al cuello y movió los hombros en la chaqueta, después en su abrigo de invierno, los movimientos parejos y económicos.
Cuando terminó, giró hacia las escaleras que conducían a los establos más abajo, todo huesos largos y músculos esbeltos.
Ella apretó la manta contra sí, sintiendo frío con la perdida de él.
—Jonathan —llamó con suavidad, sin querer que nadie la escuchase.
Él la miró, y vio algo en su mirada azul —algo que no identificó de inmediato.
—¿Qué es esto?
Ella sonrió, de repente tímida. Eso resultaba imposible, considerando lo que acababan de hacer. Lo que él acababa de ver.
—Te amo, —dijo ella de nuevo, maravillándose por la forma en que las palabras se deslizaba de sus labios, la forma en la que el sonido la envolvía en verdad, belleza y todo lo bueno.
Él vaciló en la parte superior de la escalera, recostándose, sin esfuerzo que parecía flotar en el aire. No habló durante un largo momento —lo bastante largo como para que ella sintiese el frío de marzo profundo en sus huesos. Lo bastante largo como para que un hilo de incomodidad girase en silencio en ella.
Al final, él sonrió su audaz y descarada sonrisa, con la que le había atraído desde el principio. Cada día durante un año. Durante más. Hasta esta tarde, cuando por fin la había tentado, finalmente hasta el pajar, apartado las dudas con besos, hecho encantadoras promesas, y tomado todo lo que ella había tenido que ofrecer.
Pero no había sido tomado.
Ella lo había entregado. Libremente.
Después de todo, ella lo amaba. Y él la amaba.
Él lo había dicho, tal vez no con palabras, sino con el tacto.
¿Verdad?
Duda se arremolinó en ella, una sensación desconocida. Algo que Lady Georgiana Pearson —hija de un duque, hermana de uno— nunca había sentido antes.
Dilo, suplicó ella. Dímelo.
Después de un momento interminable, él dijo—: Eres una chica dulce.

Y se fue de vista.

2 comentarios:

  1. Chicas , ya empezaron esta lectura ? tiene fecha ? gracias!

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    1. El libro es un proyecto personal pero se publicará el próximo mes en español y como no me dará tiempo a terminarlo lo dejaré de hacer.

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