sábado, 28 de febrero de 2015

Adelanto Hero #2

Prólogo
Ladrón
 
 
Traducido por katiliz94

—¡Oh, hurra! ¡Eres tú!
La liviana voz balbuceó como el riachuelo, pero no había ninguna mujer en el grupo nómada de Peregrinos que salvar a la que él persiguiese, la tentadora de mirada brillante que perseguía cada uno de sus pensamientos. El peregrino revisó el cauce y la línea de árboles, entrecerrando los ojos hacia el crepúsculo.
—¿Hola? —¿Era un náyade? ¿Una sílfide? ¿Un hada recaudando algodoncillos y vilanos? Podría haber sido el viento crujiendo las coloridas hojas de otoño, o su propia mente engañándole, al igual que lo hizo la de su difunto padre hace mucho tiempo—. ¿Hola?
—Por favor dime que eres tú —dijo ella—. ¿El Conde de Starburn? ¿Hijo de George y Marcella?
La reciente aflicción del peregrino volvió su confusión en cautela. Nadie podía ser tan específico respecto a su identidad a menos que lo hubiese estado siguiendo desde el funeral. Como un ladrón. Con lentitud, el reciente huérfano Conde de Starburn se respaldó contra un árbol y desenfundó la daga en su cintura. Era una pieza de adorno, pero el Peregrino imaginó que al menos tenía un buen golpe ante de que tuviese que necesitar encontrar un arma más fuerte, tal como la cuantiosa rama caída a su izquierda.
—Soy un Peregrino de Starburn —anunció en alto al arroyo, en caso de que cualquiera de sus sirvientes estuviese de pie en alcance de escuche—. Muéstrate.
Ella salió de la neblina de volutas, hojas cayéndose, y restantes luciérnagas. Su pelo era largo, más largo que el de él, y oscuro como la noche pero una mecha cruzaba sus hebras del color del ébano con un destello azul plateado. Sus ojos eran también negros, brillaban con la luz de las estrellas, y las escasas hojas en el bosquecillo daban una tonalidad olivácea en su levemente oscurecida complexión. El aire alrededor de ellos repentinamente se llenó con el hedor de canela quemada.
Como cualquier otro niño criado en Arilland, el Peregrino sabía lo que ocurría cuando uno encontraba un hada. En los siguientes minutos, su vida cambiaría para peor o mejor, y también drásticamente. De forma bastante extraña, él no tenía miedo. Pensó en este nuevo desarrollo como maravilloso. Cualquier reto que ella viese que encajase para darle, él lo tomaría.
—Soy Leila —dijo ella—. Llego tarde. Y lo siento mucho, muchísimo.
El Peregrino no recordaba un cuento de hadas que comenzase de esa forma.
—Yo… ¿acepto tus disculpas?
—Es muy amable. Le concederé un deseo. —Levantó las manos en el aire y las batió como mariposas ebrias. El Peregrino torpemente las atrapó y la detuvo.
—Gracias —dijo—, creo. Pero estoy muy confuso.
Leila cubrió su sonriente boca con largos y esbeltos dedos. Su risa salió como burbujas en el riachuelo.
—¿Su padre no le habló sobre mí?
—Ah, —dijo el Peregrino—. No. No lo hizo.
En verdad, era muy posible que su padre hubiese hablado de esta Leila, pero cualquier mención de hadas, auténticas u otra cosa, habría sido descartada como la más última deterioración mental del conde. El Peregrino situó una mano sobre su pecho, sintió el bulto del anillo de bodas de su padre bajo su túnica, y en silencio pidió el perdón del fantasma.
El hada tenía una mirada distante en los ojos, y se enderezó. Por toda su afectuosa gracia, el Peregrino se percató de que era casi tan alta como él.
—Su padre era un hombre maravilloso —susurró ella.
—Tiendo a estar de acuerdo —dijo el Peregrino.
—Pero por supuesto que lo estaría. Es un chico listo. —Su tono se deslizó en desdén, pero con rapidez volvió a la ensoñación—. Una vez vino en mi defensa, cuando estaba indefensa.
—Hizo mucho de eso. —El Peregrino tenía la esperanza de un día ser la mitad de hombre de lo que su padre fue, antes de que su padre se hubiese convertido en medio hombre.
—Era un hombre honorable, y por sus buenas acciones prometí una bendición.
El Peregrino frunció el ceño. Un hada podría haber ayudado al debilitante estado de su padre. ¿Por qué esta idiota se había desvanecido antes de mantener su palabra?
—Pero fui capturada por una bruja malvada —dijo ella antes de que él pudiese hablar—. Fui forzada a ser su esclava en una jaula tan alta en las Montañas Blancas que en ese momento no llegaba a la cúspide. Solo ahora soy libre de su hechizo, y con rapidez vine de inmediato a reparar mi deuda.
—Mi padre está muerto.
—Lo cual es porque busco su perdón.
—Una vez más, tus disculpas son aceptadas.
—Y una vez más, le ofrezco el deseo que debería haber sido de él.
La canela en el aire secó la garganta del Peregrino y le hizo ansiar una taza a rebosar de ese frío y claro arroyo.
El hada sintió su incomodidad.
—Déjeme traerle algo de agua. —Su copa dorada apareció en sus manos oliváceas, aunque él no recordaba dársela. Ella se arrodilló hasta el riachuelo para llenarla. Su oscuro pelo y los pliegues de su abrigo se arremolinaron en ella.
Todo hombre tenía un deseo verdadero en su corazón. El Peregrino prestó a Leila la cortesía de aguardar a que se pusiese de pie y ella le ofreció la copa de agua antes de decir—: Quiero vivir una larga y fructífera vida. Pero en el suceso de que comenzase a perder el juicio, o algún otro órgano vital —los hombre solían morir de frío por menos que los específicos alimentos restantes— deseo morir con rapidez y en paz.
La declaración posiblemente podía ser vitad como dos deseos por separado. El Peregrino esperaba que este hada en particular no fuese de discutir por las semánticas.
El cielo ahora era oscuro. Distantes truenos advirtieron de una tormenta aproximándose.
—Beba —dijo ella—, y su deseo será concedido.
El Peregrino tragó cada sorbo de agua. Se limpió la boca con el dorso de la mano y sonrió al hada. Ella le devolvió la sonrisa. Aún estaba sonriendo cuando el agua comenzó a helarle a él de dentro a afuera. La mano que sostenía la copa dorada se sacudió, lentamente volviéndose gris por la escarcha. Una presión estalló como carámbanos en su mente una y otra vez, poniéndolo de rodillas. Se agarró la cabeza y rasgó su peinado pelo con esmero en una coleta, gritando de dolor hasta parar con una garganta que posiblemente no podía hablar más.
Ella cogió la copa de donde él la había dejado caer, y él observó mientras el arroyo azul plateado se desvanecía de su pelo… y lo reemplazaba sus propias hebras largas.
—Gracias, querido —dijo ella mientras se quitaba la capa—. Disfruta de tu larga y fructuosa vida.
Ella lanzó la capa sobre la cabeza de él, y la helada oscuridad le consumió.

1 comentario: