jueves, 6 de noviembre de 2014

Adelanto The Heartbreaker

PRÓLOGO
Traducido por ZoeAngelikal

Había una gran caja negra que yo tenía debajo de mi cama. Nadie sabía que estaba ahí. Nadie se preocupaba de lo que hubiera ahí—los contenidos que podrían haber eran inútiles para ellos. Pero, era una de mis posesiones más preciadas.
¿Por qué esta caja era especial solamente para mí?                          
Porque me recordaba todos los días que yo tenía el control de mi vida, que nadie—especialmente no una mujer— podría hacer algo jamás para herirme.
Ha habido cientos de diferentes objetos que habrían hecho su camino hasta esta caja —trozos de papeles rasgados, tarjetas de empresa, posavasos, post-its, y también dos docenas de bragas. Y todas las semanas, algunas cosas más eran añadidas a esta creciente colección. Cada objeto tenía un nombre y un número de móvil escrito en ella, normalmente escrito por la mujer a la que pertenecía el número. Cada objeto representa a la mujer con la que había follado una vez, una mujer que había gritado una vez mi nombre mientras la enviaba al límite del éxtasis.
Este era mi “pequeño libro negro.” Pero mi libro era realmente una caja —un pequeño libro negro, no habría sido apto para dar cabida a todas las mujeres con las que había follado en los últimos ocho años. Así que era mi “gran caja negra.”
Muchos números de mujeres habían sido añadidos a esta caja durante estos años. Yo nunca recordaba sus nombres. ¿Cuál era el punto? En vez de que yo le diera a esa mujer un número basado en mi sistema de clasificación del 1 al 10, siendo 1 infollable y 10 siendo muy-follable-mi-pene-todavía-está-en-ella. Que conste, que ninguno de los números en la caja era inferior de 7 en la clasificación.
Todas estas mujeres eran muy calientes, pero yo nunca había amado a ninguna de ellas. No me hacían lanzarme en un pensamiento. La única cosa que yo amaba de ellas era cuán húmedas y salvajes se ponían para mí. Y creerme a mí, había unas jodidamente salvajes. Yo raramente necesitaba preguntarle a una mujer si quería follar —las mujeres parecían arrojar sus bragas al avistarme. ¿Y quién puede culparlas a ellas? Sería una obviedad con miradas como la mía.
Seguramente, yo había roto alguno de sus corazones. Pero esas chicas sabían que se estaban haciendo así mismas. Yo siempre daba una clara advertencia de que yo estaba ahí por diversión y no por una relación. Lo más importante era, yo estaba feliz, mi pene estaba feliz, y las chicas estaban felices después de que yo lo hiciera con ellas. Y nadie salía herido—yo no especialmente. Esa era la única cosa que yo podría agradecer a mi puta la madre de: Tu no saldrás herida si tu no te encariñas.

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