martes, 7 de octubre de 2014

Adelanto Black Ice

Abril
 
Traducido por katiliz94
El oxidado Chevy llevó la camioneta que rechinó hasta una parada, y cuando la cabeza del cazador de Lauren salió por la ventana del pasajero, la asustó.
Ellas se las arregló para hacer unos mareados parpadeos. Su cabeza se sentía esparcida con recuerdos destrozados, fragmentos desmenuzados que, si pudiese juntarlos, formarían algo completo. Una ventana de regreso a principios de la noche. En este instante, esa ventana yacía en pedazos dentro de su palpitante cabeza.
Recordó la cacofonía de música country, estridentes risas, y las de la NBA que culminan sobre los de la televisión. La tenue iluminación. Las estanterías exponiendo docenas de botellas de cristal fundiéndose en verde, ámbar y negro.
Negro.
Había pedido un trago de esa botella, porque la hacía marearse en una buena forma. Una mano firme había vertido el licor en su copa un momento antes de que la hubiese arrojado hacia atrás.
—Otra, —había carraspeado ella, apoyando el cristal vacío en el bar.
Recordó mecerse en la cadera del vaquero, bailando lentamente. Le quitó el sombrero al vaquero; se veía mucho mejor en ella. Un Stetson[1] negro que encajaba con su pequeño vestido negro, su bebida negra, y su nauseabundo humor negro el cual, afortunadamente, era fuerte para aferrarse a una inmersión de mal gusto como esa, una joya rara de un bar en el tócate las narices, la-di-da mundo de Jackson Hole, Wyoming, donde ella estaba de vacaciones con su familia. Se había escabullido y sus padres nunca la encontrarían aquí. La idea era una luz clara en el horizonte. Pronto estaría tan alegre que no recordaría como se veían ellos. Sus críticos fruncidos de ceño ya en su memoria, como pinturas húmedas cayéndose por los lienzos.
Pintura. Color. Arte. Había intentado escapar ahí, a un mundo de pantalones salpicados y dedos manchados y almas esclarecidas, pero ellos la habían tirado hacia atrás, encerrado. No quería una artista de espíritu libre en la familia. Querían una hija con un diploma de Stanford.
Si solo pudiesen quererla. Entonces ella no vestiría ajustados vestidos baratos que enfurecerían a su madre o arrojarse a la pasión en causas que ofendiesen las egoístas y rígidas morales aristocráticas de su padre.
Casi deseaba que su madre estuviese aquí para verla bailar, verla moverse con provocación por la pierna del vaquero. Chirriando de cadera a cadera. Murmurando las cosas más retorcidas que podía pensar en su oreja. Solo pararon de bailar cuando él fue al bar a conseguirle otra bebida fresca. Podía haber declarado que esa sabía diferente de las otras. O tal vez estaba tan borracha que imaginó el sabor más amargo.
Él le preguntó si quería ir a algún lugar más privado.
Lauren solo debatió un momento. Si su madre lo desaprobaba, entonces la respuesta era obvia.
 
La puerta del asiento del pasajero del Chevy se abrió y la visión de Lauren paró de balancearse el tiempo suficiente para centrarse en el vaquero. Por primera vez, notó la distintiva curva en el puente de su nariz, probablemente un trofeo de una pelea de bar. Saber que él tenía un temperamento ardiente debería haber hecho que él le gustase más, pero curiosamente, se encontró deseando que pudiese encontrar un hombre que ejercitase el volver a recapacitar en lugar de volver a los ataques infantiles. Era la forma de cosa estabilizada que su madre diría. Interiormente dándose latigazos a sí misma, Lauren culpó a su sensible actitud irritante en la fatiga. Necesitaba dormir. De inmediato.
El vaquero levantó el Stetson de su cabeza y lo puso en su propio lioso pelo rubio rapado.
—El que lo encuentra se lo queda, —quería protestar. Pero no podía mover la boca por las palabras.
Él la levantó del asiento y la balanceó sobre su hombro. La parte trasera de su vestido estaba levantándose, pero parecía que no podía ordenar a sus manos que lo bajasen. Su cabeza se sentía tan pesada y frágil como uno de los vasos de cristal de su madre. Confusa, el gran momento después de que tuvo la idea, su cabeza milagrosamente se aligeró y pareció flotar lejos de su cuerpo. No podía recordar cómo había llegado ahí. ¿La habían llevado a la camioneta?
Lauren miró los tacones en las botas del vaquero haciendo huellas en la nieve sucia. Su cuerpo se balanceaba con cada paso, y estaba haciendo que su estómago se retorciese. El amargo aire frío, mezclado con el afilado olor de los pinos, quemaba el interior de su nariz. Un balancín de jardín chirrió en sus cadenas y los repiques del viento hicieron una suave y tintineante música en la oscuridad. El sonido la hizo suspirar. La hizo temblar.
Lauren escuchó al vaquero desbloquear una puerta. Intentó mantener los parpados abierto el tiempo suficiente como para captar una leve sensación de sus alrededores. Tendría que llamar a su hermano por la mañana y pedirle que fuera a recogerla. Asumiendo que podría darle las direcciones, pensó con ironía. Su hermano la conduciría hasta la cabaña, escoltándola por ser descuidada y autodestructiva, pero él iría. Siempre lo hacía.
El vaquero la pone de pie, cogiéndola de los hombros para balancearla. Lauren miró alrededor lentamente. Una cabaña. La había traído a una cabaña. La sala de estar en la que estaban de pie tenía un rustico mobiliario de pino, el tipo que se veía glutinoso en cualquier lugar excepto en una cabaña. Una puerta abierta en el lado lejano de la sala conducía a un pequeño cuarto de almacenamiento con estanterías de plástico a lo largo de las paredes. La habitación de almacenaje estaba vacía, excepto por una desconcertante pértiga que iba del suelo al techo, y una cámara en un trípode que estaba posicionada para mirar a la pértiga.
Incluso a través de la confusión, el temor atornilló a Lauren. Tenía que salir de aquí. Algo malo iba a ocurrir.
Pero sus pies no se moverían.
El vaquero la respaldó contra pértiga. En el momento que la dejó ir, Lauren cayó al suelo. Sus tacones de agujas desenroscaron de sus tobillos se deslizaron de debajo de ella. Estaba demasiado borracha para ponérselos en los pies. Su mente giró, y parpadeó frenéticamente, intentando encontrar la puerta conduciendo a la habitación de almacenaje. Cuanto más intentaba concentrarse, más rápido giraba la habitación. Su estómago jadeaba, y se tambaleó hacia los lados para quitarse el revuelto de sus ropas.
—Dejaste esto en el bar, —dijo el vaquero, dejando caer su gorra de baseball de los Cardinals en su cabeza. La gorra que había sido un regalo de su hermano cuando había sido aceptada en Stanford hacía unas semanas. Sus padres probablemente la habrían cogido. El regalo había llegado sospechosamente pronto después de que hubiese anunciado que iba a ir a Stanford o alguna universidad. Su padre se había puesto tan rojo, por lo que paró de respirar, que ella pensó que le saldría vapor de las orejas como a un dibujo animado.
El vaquero levantó la cadena dorada colgando entorno a su cuello hasta su cabeza, sus ásperos nudillos rozando su mejilla.
—¿Valioso? —le preguntó, examinando el colgante en forma de corazón desde más cerca.
Mío, —dijo ella, de repente muy a la defensiva. Él podía tomar su apestoso Stetson, pero el colgante le pertenecía a ella. Sus padres se lo habían dado la noche de su primer recital de ballet, hace doce años. Fue la primera y única vez que habían aprobado algo que ella había iniciado. Era el único recordatorio de cuando profundamente la habían querido. Fuera del ballet, su infancia había sido gobernada, empujada y moldeada por la visión de ellos.
Hace dos años, a los dieciséis, su propia visión había propagado a la vida. Arte, teatro, bandas indie, atrevidos e improvisados bailes modernos, matinés con activistas políticos e intelectuales (¡no hippies!) que habían dejado la universidad con el propósito de una educación alternativa, un novio con una brillante opinión torturada que fumaba marihuana y garabateaba poesía en las paredes de la iglesia, bancos de los parques, coches y su propia alma hambrienta.
Sus padres habían rechazado un nuevo claro estilo de vida.
Respondieron con toques de queda y reglas, reforzada por sus paredes de confinamiento, le arrebataron el respiro de vida. El desafío era la única forma que conocía de contraatacar. Había llorado detrás de las puertas cerradas cuando apartó el ballet, pero lo hizo para herirles. Ellos no la recogieron y eligieron para quererla. O ella era suya incondicionalmente, o la perdían por completo. Ese fue su acuerdo. A los dieciocho, su resolución era como el acero.
Mío, —repitió. Llevó toda su concentración forzar a salir la palabra. Tenía que recuperar el colgante, y tenía que salir de aquí. Lo sabía. Pero una extraña sensación había robado su cuerpo; era como si estuviese observando las cosas ocurrir sin sensación de emoción.
El vaquero colgó su colgante en el manillar de la puerta. Con la mano libre, dio una vuelta a la rasposa cuerda entorno a sus muñecas. Lauren brincó cuando él ató el nudo. No podía hacerla esto, pensó, indiferente. Ella había estado de acuerdo en ir con él, pero no había estado de acuerdo en esto.
De-jame ir, —masculló, una descuidada e poco convincente petición que hizo que sus mejillas ardiesen con humillación. Le encantaba la lengua, cada palabra metida dentro de sí, hermosa y brillante, cuidadosamente elegida, fortaleciendo; quería sacar esas palabras de su bolsillo ahora, pero cuando llegó a lo profundo, encontró un enhebrado fragmento, un agujero. Las palabras habían rodado de su confusa cabeza.
Arrojó los hombros hacia adelante inútilmente. Él la ató a la pértiga. ¿Cómo conseguiría recuperar el colgante? La idea de perderlo hizo que el pánico rasgase por dentro su pecho. Si solo su hermano le hubiese devuelto la llamada. Había dejado un mensaje sobre ir a beber esta noche, como una prueba. Ella le había probado constantemente —casi cada fin de semana— pero esta era la primera vez que él había ignorado su llamada. Había querido saber que él se preocupaba lo suficiente por ella como para evitarle hacer algo estúpido.
¿Finalmente se había rendido a ella?
El vaquero se estaba marchando. En la puerta, levantó el Stetson negro, sus ojos azules petulantes y codiciosos. Lauren se dio cuenta de la enormidad de su error. Él ni siquiera la quería. ¿Le enviaría mensajes con sus fotos comprometedoras? ¿Era ese el motivo de la cámara? Debía saber que sus padres pagarían cualquier precio por ellas.
—Tengo una sorpresa esperándote en el cobertizo de atrás, —dijo lenta y pesadamente—. No vayas a ninguna parte, ¿escuchaste?
Su respiración volvió rápida y erráticamente. Quería decirle que pensó en su sorpresa. Pero sus parpados se bajaban más, y cada vez, llevaba más tiempo mantenerlos abiertos. Comenzó a llorar.
Había estado borracha antes, pero nunca así. Él le había dado una droga. Debía haberla deslizado en su bebida. La estaba volviendo cansada y pesada. Serró la cuerda contra la perdiga. O lo intent. Todo su cuerpo se sentía pesado con sueño. Tenía que luchar contra eso. Algo terrible iba a ocurrir cuando él regresase. Tenía que disuadirle de eso.
Más pronto de lo que esperaba, su forma oscureció la entrada. Las luces en el cobertizo le iluminaron desde atrás, repartiendo una doble sobra de su altura a través del suelo del cuarto de almacenamiento. Ya no estaba llevando el Stetson, y parecía más alto de lo que recordaba, pero eso no era en lo que Lauren se estaba centrando. Sus ojos fueron a sus manos. Él llevaba una segunda cuerda entre ellas, revisando que resistirían.
Caminó hacia ella y, con manos temblorosas, ató la cuerda alrededor de su cuello. Estaba detrás de ella, usando la cuerda para poner su cuello contra la pértiga. Las luces se abrieron detrás de sus ojos. Él estaba apretando con demasiada fuerza. Ella supo instintivamente que él estaba nervioso y emocionado. Ella podría sentirlo en el ansioso temblor de su cuerpo. Escuchó el agitado jadeo de su respiración, volviéndose más cargado, pero no por el esfuerzo. Por la adrenalina. Hizo que su estómago se enrollase con terror. Él estaba disfrutando esto. Un extraño ruido balbuceante llenó sus orejas, y se dio cuenta con horror de que era su voz. El sonido parecía asustarle —él maldecía y apretaba con más fuerza.
Ella gritó, una y otra vez por dentro. Gritó mientras la presión se construía, llevándola al borde de la muerte.
Él no quería fotografías. Quería matarla.
Ella no dejaría que este horrible lugar fuese su último recuerdo. Cerrando los ojos, se dejó ir, en la oscuridad. 
 




[1] Sombrero vaquero.

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