miércoles, 24 de septiembre de 2014

Adelanto The Kiss of Deception (The Remnant Chronicles #1)

Capitulo 1

Traducido por Ale Westfall y katiliz94

Hoy era el día que mil sueños morirían y nacería un solo sueño.
El viento lo sabía. Era primero de junio, pero las ráfagas frías golpean en lo alto de la ciudadela tan ferozmente como el más intenso invierno, sacudiendo las ventanas con maldiciones y afliciones, corrientes de aire atravesando los pasillos  con susurros de advertencia. No había forma de escapar de lo que estaba por venir.
Para bien o para mal, las horas se estaban acercando. Cerré los ojos en contra de ese pensamiento, sabiendo que pronto el día iba a escindir en dos, creando para siempre el antes y el después de mi vida, y que iba a suceder en un acto rápido que podría no más que alterar el color de mis ojos.
Me aparté de la ventana, empañada con mi propio aliento, y dejé las infinitas colinas de Morrighan con sus propias preocupaciones. Era hora de conocer mi día.
Las liturgias prescritas sucedieron ​​como fueron ordenadas, los rituales y los ritos se llevaron a cabo como cada uno había sido establecido con precisión, todo un testimonio de la grandeza de Morrighan y el Remanente de cual nació. No protesté. Llegados a este punto, el entumecimiento me había superado, pero luego el mediodía se acercaba y mi corazón galopaba de nuevo mientras me enfrentaba al último de los pasos que mantenían el aquí del allá.
Me quedé desnuda, boca abajo sobre una mesa de piedra, mis ojos se centraron en el suelo debajo de mí, mientras que extraños raspaban mi espalda con cuchillos sin filo. Permanecí inmóvil, aunque sabía que las cuchillas que tocaban mi piel eran sostenidas con respiraciones cautelosas. Los portadores eran muy conscientes de que sus vidas dependían de su habilidad. La quietud perfecta me ayudó a ocultar la humillación de mi desnudez mientras manos extrañas me tocaban.
Pauline se sentó cerca observando, probablemente con ojos preocupados. No podía verla, sólo veía el suelo de pizarra debajo de mí, mi largo cabello oscuro cayendo alrededor de mi cara en un remolino de túnel negro que bloqueaba el mundo salvo por el roce rítmico de las cuchillas.
El último cuchillo raspó más bajo, tocando el hueco de mi espalda justo por encima de las nalgas, y luché contra el instinto de apartarme, pero finalmente me estremecí. Un  jadeo colectivo se escuchó por la habitación.
¡No te muevas! amonestó mi tía Cloris.
Sentí la mano de mi madre en la cabeza, acariciando suavemente mi cabello.
Unas pocas líneas más, Arabella. Eso es todo. A pesar de que lo dijo para relajarme, me molesté por el nombre formal que mi madre insistía en usar, el nombre que había pertenecido a muchas antes que yo. Me hubiera gustado que al menos en este último día en Morrighan, ella hubiera echado a un lado la formalidad y usado el nombre que me gustaba, el nombre de cariño que mis hermanos utilizaban, acortando uno de mis muchos nombres de sus tres últimas cartas. Lia. Un nombre simple que se sentía más fiel a lo que yo era.
El raspado terminó.
Está terminado declaró la Primera Artesana. Los otros artesanos murmuraron su acuerdo.
Oí el ruido de una bandeja siendo depositada en la mesa junto a mí y desprenderse el olor insoportable de aceite de rosa. Pies se arrastran para formar un círculo, mis tías, madre, Pauline y otros que habían sido convocados para presenciar la tarea, y murmuraron oraciones que fueron cantadas. Observé el manto negro del sacerdote ondear delante de mí, y su voz se elevó por encima de los demás mientras roció el aceite caliente en mi espalda. Los artesanos la frotaron en sus diestros dedos sellando en las innumerables tradiciones de la Casa de Morrighan, profundizando las promesas escritas sobre mi espalda, anunciando los compromisos de hoy y garantizando todas sus mañanas.
Ellos pueden tener esperanza, pensé con amargura mientras mi mente veía a la legua el cambio, tratando de mantener el orden de las tareas aún delante de mí, las escritas sólo en mi corazón y no un pedazo de papel. Apenas escuché las declaraciones del sacerdote, un canto monótono que habló a todos de sus necesidades y no de las mías.
Sólo tenía diecisiete años. ¿No tenía derecho a tener mis propios sueños para el futuro?
Y para Arabella Celestine Idris Jezelia, Primogénita de la Casa de Morrighan, los frutos de su sacrificio y las bendiciones de...
El sacerdote parloteó sin cesar sobre las bendiciones y sacramentos necesarios sin fin, alzando la voz, llenando la habitación, y entonces cuando pensé que no podía aguantar más sus palabras obstruyendo mis vías auditivas, se detuvo, y por un misericordioso dulce momento, silencio resonó en mis oídos. Respiré otra vez, y luego él dio la bendición final.
Por los Reinos que se levantaron de las cenizas de los hombres y están construidos en los huesos de la perdición, y a ello volveremos si los Cielos lo quieren. Él me levantó la barbilla con una mano, y con el pulgar de la otra mano, manchó mi frente con cenizas.
Así será para esta Primogénita de la Casa de Morrighan terminó la bendición mi madre, como era la tradición, y limpió las cenizas con un paño humedecido en aceite.
Cerré los ojos y bajé la cabeza. Primogénita. Tanto una bendición como una maldición. Y si la verdad era cierta, una farsa.
Mi madre descansó la mano en mí otra vez, su mano apoyada en mi hombro, tal vez ofreciéndola como un gesto de consuelo, pero mi piel picó por su toque. Su consuelo llegó demasiado tarde. El sacerdote ofreció una última oración en la lengua materna de mi madre, una oración de custodia que, curiosamente, no era tradicinal, y luego ella retiró la mano.
Más aceite se virtió, y un bajo tarareo de oraciones se hizo eco a través de la cámara de piedra fría, el denso aroma de rosas impregnaba el aire y en mis pulmones. Respiré profundamente. Si querer, disfruté de esta parte, de los aceites calientes y cálidas manos calmando la tensión que habían estado creciendo dentro de mí durante semanas. La calidez de terciopelo calmó el aguijón de ácido del limón mezclado con colorante y la fragancia de flores momentáneamente me llevó a un jardín escondido de verano donde nadie podía encontrarme. Si sólo fuera así de fácil.
Una vez más, este paso fue declarado terminado, y los artesanos se apartaron de su obra. Hubo un audible colectivo de suspiros mientras los resultados finales sobre mi espalda fueron vistos.
Oí a alguien moverse más cerca.
Me atrevo a decir que él no estará buscando sobre su espalda con el resto de esa vista a su disposición. Una risita corrió a través de la habitación. Tía Bernette nunca fue alguien de contener sus palabras, incluso con un sacerdote en la habitación y el protocolo en juego. Mi padre afirmaba que conseguí mi lengua impulsiva de ella, aunque hoy me habían advertido de controlarla.
Pauline me tomó del brazo y me ayudó a levantarme.
Su Alteza dijo mientras me entregó una sábana suave para envolverla alrededor de mí, cubriendo la poca dignidad que me quedaba. Intercambiamos una mirada de complicidad rápida, lo que me fortaleció, y entonces ella me guió hasta el espejo de cuerpo entero, dándome un pequeño espejo de mano de plata para poder ver yo misma los resultados también. Deslicé a un lado mi pelo y dejé caer la sábana suficiente para exponer mi espalda baja.
Los otros esperaron en silencio por mi respuesta. Resistí a quedarme boca abierta. No le daría a mi madre esa satisfacción, pero no podía negar que mi boda kavah era exquisita. Efectivamente me quitó el aliento. El feo símbolo del Reino de Dalbreck se había hecho sorprendentemente hermoso, el león gruñendo en la espalda, los intrincados diseños con gracia curvados en sus garras, las serpeteantes vides de Morrighan tejidas con ágil elegancia, derramadas en una V bajando por mi espalda hasta que los últimos zarcillos delicados se aferraban y se arremolinaban en el hueco suave de mi espina dorsal. El león era honrado y sin embargo, hábilmente subyugado.
Se me hizo nudo en la garganta, y mis ojos picaron. Era un kavah que podría haber amado... que podría haber estado orgullosa de llevar. Tragué saliva y me imaginé al príncipe cuando los votos fueran completados y el manto de bodas bajado, boquiabierto de asombro. El sapo lujurioso. Pero agradecí a los artesanos su trabajo.
Es perfecto. Le doy las gracias, y no tengo ninguna duda de que el Reino de Dalbreck mantendrá a partir de hoy a los artesanos de Morrighan en más alta estima. Mi madre sonrió ante mi esfuerzo, sabiendo que estas pocas palabras era duras para mí decirlas.
Y con eso, todo el mundo fue conducido lejos, los preparativos restantes serían compartidos sólo con mis padres, y Pauline. Mi madre trajo la bata de seda blanca del armario, un mero pedazo de tela tan fina y fluida que se derretía sobre sus brazos. Para mí era una formalidad inútil, porque cubría muy poco, siendo lo más transparente y útil como las capas infinitas de tradición. El vestido vino después, la espalda con la forma de la misma V con el fin de enmarcar el kavah, honrando el reino del príncipe y presentar la nueva lealtad de su novia.
Mi madre apretó los cordones en la estructura oculta del vestido, tirando de él por lo que el ajustado corpiño parecía aferrarse sin esfuerzo a la cintura, incluso sin la tela extendiéndose por mi espalda. Era una obra de ingeniería tan notable como el gran puente de Golgata, tal vez más, y me pregunté si las costureras habían echado un poco de magia en la tela y los hilos. Era mejor pensar en estos detalles que lo que sucedería en una hora. Mi madre me volteó ceremoniosamente para enfrentar el espejo.
A pesar de mi resentimiento, estaba hipnotizada. La verdad es que era el vestido más hermoso que había visto. Increíblemente elegante, el denso encaje Quiassé hecho por tejedoras locales era el único adorno alrededor del profundo escote. Simple. El encaje fluyó en una V por el corpiño para reflejar el corte de la parte trasera del vestido. Me veía como alguien más en él, alguien más viejo y más sabio. Alguien con un corazón puro que no tenía secretos. Alguien... no como yo.
Me alejé sin comentarios y miré por la ventana, el suave suspiro de mi madre me siguió. A lo lejos, vi la solitaria torre roja de Golgata, una única desmoronada ruina era todo lo que quedaba del puente una vez masivo que se extendió por la gran entrada. Pronto, él también se habría ido, tragado como el resto del gran puente. Incluso la misteriosa magia de la ingeniería de los Ancianos no podía desafiar lo inevitable. ¿Por qué debería yo intentarlo? Mi estómago dio un vuelco, y cambié mi mirada más cerca a la parte inferior de la colina, donde los vagones avanzaban sobre la carretera muy por debajo de la ciudadela, en dirección a la plaza del pueblo, tal vez cargados de frutos, o flores, o barriles de vino de los viñedos Morrighan. Bellos carruajes tirados por corceles enlazados corrían por el camino también.
Tal vez en uno de esos carruajes, mi hermano mayor, Walther, y su joven esposa, Greta, se sentaban con los dedos entrelazados en su camino a mi boda, apenas capaz de dejar de mirarse. Y tal vez mis otros hermanos ya estaban en la plaza, mostrando sus sonrisas a las chicas jóvenes que les hacían suspirar. Recordé haber visto a Regan, con ojos soñadores y susurrando a la hija del cochero hace apenas unos días en un pasillo oscuro, y a Bryn perdiendo el tiempo con una chica nueva cada semana, incapaz de asentarse con una sola. Tres hermanos mayores a los que adoraba, todos libres para enamorarse y casarse con quienes quisieran. Las chicas libres a escoger también. Todo el mundo libre, incluyendo Pauline, que tenía un novio que volvería a ella a fin de mes.
¿Cómo lo hiciste, madre? pregunté, sin dejar de mirar los carros que pasan por debajo. ¿Cómo viajaste todo el camino desde Gastineux para casarte con un sapo que no amas?
Tu padre no es un sapo dijo mi madre con severidad.
Me volví hacia ella.
Un rey puede ser, pero un sapo, no obstante. ¿Me dices que cuando te casaste con un extraño del doble de tu edad, uno creíste que era un sapo?
Los ojos grises de mi madre descansaron tranquilamente en mí.
No, no lo hice. Era mi destino y mi deber.
Un suspiro escapó de mi pecho.
Porque eras una Primogénita.
El tema de la Primogénita era uno que mi madre siempre inteligentemente me enseñó. Hoy en día, con sólo dos de nosotras presente y sin otras distracciones, no podía dejar de darle importancia. La vi tensarse, levantando la barbilla en buena forma real.
Es un honor, Arabella.
Pero yo no tengo el don de la Primogénita. No soy una Siarrah. Dalbreck no tardará en descubrir que no soy el recurso que se supone que sea. Esta boda es una farsa.
El don puede venir con el tiempo respondió con voz débil.
No discutí este punto. Se sabía que la mayoría de las Primogénitas tuvieron su don por ser mujeres, y yo había sido una mujer desde hace cuatro años. No había mostrado signos de cualquier don. Mi madre se aferraba a falsas esperanzas. Me di la vuelta, mirando por la ventana de nuevo.
Incluso si no aparece continuó mi madre, la boda no es una farsa. Esta unión es mucho más que un solo activo. El honor y el privilegio de una Primogénita en una línea de sangre real es un regalo en sí mismo. Lleva la historia y la tradición con ella. Eso es todo lo que importa.
¿Por qué una Primogénita? ¿Puedes estar segura de que el regalo no se pasa a un hijo? ¿O a una Segunda Hija?
Ha pasado, pero... no puede esperarse. Y no es tradicional.
¿Y es tradicional también perder el don? Esas palabras no dichas colgaban nítidamente entre nosotras, pero ni siquiera yo podía herir a mi madre con ellas. Mi padre no había consultado con ella en asuntos de estado desde temprano en su matrimonio, pero yo había oído las historias de antes, cuando su don era fuerte y lo que ella decía era importante. Es decir, si algo de eso era cierto incluso. No estaba segura de nada.
Tenía poca paciencia para tales galimatías. Me gustaban mis palabras y razonamiento simple y directo. Y estaba tan cansada de oír hablar de la tradición que estaba segura de que si la palabra era dicha en voz alta una vez más, mi cabeza iba a explotar. Mi madre era de otra época.
Oí su acercamiento y sentí sus cálidos brazos rodeándome. Mi garganta se hinchó.
Mi preciosa hija susurró en mi oído, si el don llega o no es de poca importancia. No te preocupes. Es el día de tu boda.
Con un sapo. Yo había entrevisto al Rey de Dalbreck cuando vino a aceptar el acuerdo, como si yo fuera un caballo dado en el comercio para su hijo. El rey estaba tan decrépito y horrible como el dedo artrítico de un anciano, lo suficiente para ser el padre de mi padre. Encorvado y moviéndose lentamente, que necesitaba ayuda para subir las escaleras a la Gran Sala. Incluso si el príncipe era una fracción de su edad, él todavía sería un marchito, un petimetre sin dientes. La idea de él tocándome, mucho menos...
 Me estremecí al pensar en huesudas manos viejas acariciando mi mejilla o arrugados labios encontrando los míos. Mantuve la mirada fija por la ventana, pero no vi nada más allá del vidrio.
¿Por qué no pude tener, al menos, un vistazo de él por primera vez?
Los brazos de mi madre cayeron de mi alrededor.
—¿Inspeccionar a un príncipe? Nuestra relación con Dalbreck ya es tenue en el mejor de los casos. ¿Nos habrías hecho insultar a su reino con tal petición cuando Morrighan tiene la esperanza de crear una alianza crucial?
—No soy un soldado en el ejército de mi Padre.
Mi madre se acercó, frotando mi mejilla y susurró—: Sí, cariño. Lo eres.
Un temblor bailó por mi espalda.
Me dio un último apretón y retrocedió.
—Es la hora. Iré a coger el manto de boda de la cripta, —dijo, y se marchó.
Crucé la habitación hasta mi guardarropa y abrí las puertas, deslizándome al cajón inferior y levantando una bolsa de terciopelo verde que contenía una pequeña daga enjoyada. Había sido un regalo de mis hermanos en mi decimosexto cumpleaños, un regalo que nunca se me permitía usar —al menos de forma abierta— pero la parte posterior de la puerta de mi cámara de vestir atravesaba las escarbadas marcas de mi práctica secreta. Agarré unas pocas pertenencias, envolviéndolas en una camisola, y las até todas con una cinta para asegurarlas.
Pauline volvió de vestirse, y le tendí el pequeño fardo.
—Me ocuparé de esto, —dijo, un revoltijo de nervios ante los últimos minutos de preparación. Dejó la cámara justo cuando mi madre volvió con el manto.
—¿Ocuparte de qué? —Preguntó mi madre.
—Le di unas pocas cosas que quiero llevar conmigo.
—Las pertenencias que necesitas fueron enviadas en baúles ayer, —dijo ella mientras cruzaba la habitación hasta mi cama.
—Había unas pocas que olvidamos.
Ella sacudió la cabeza, recordándome que había una preciosa pequeña cabina en el carruaje y que el viaje a Dalbreck era largo.
—Me las arreglaré, —respondí.
Con cuidado puso el manto sobre mi cama. Había sido limpiado al vapor y colgado en la cripta por lo que ni los pliegues ni arrugas mancillarían su belleza. Deslicé los dedos a lo largo del tejido de terciopelo. El azul era tan oscuro como la medianoche, y los rubíes, las turmalinas, y zafiros rodeando los bordes eran sus estrellas. Las joyas probarían su utilidad. Era tradición que el manto debería ser situado en los hombros de la esposa por ambos padres, y sin embargo mi madre había regresado sola.
—¿Dónde está…? —Comencé a preguntar, pero entonces escuché un ejército de pasos haciendo eco en el pasillo. Mi corazón se hundió más abajo de lo que ya estaba. No estaba viniendo solo, incluso para esto. Mi padre entró en la cámara flanqueado por Lord Viceregente a un lado, el Canciller y el Erudito Real al otro, y varios subordinados de su consejo desfilando sobre sus talones. Sabía que el Viceregente era el único en hacer su trabajo —me había llevado a un lado en breve después de que los documentos fuesen firmados y me dijo que él solo había contra argumentado en contra del matrimonio— pero básicamente era un hombre regido del deber como el resto de ellos. En especial me disgustaban el Erudito y el Canciller, de lo que ambos eran muy conscientes, pero sentía un poco de culpa por eso, desde que supe que el sentimiento era mutuo. Mi piel se metía debajo de cualquier lugar cercano a ellos, como si acabase de atravesar un campo de plaga absorbedora de sangre. Ellos, más que cualquiera, probablemente estaban contentos de deshacerse de mí.
Mi padre se acercó, me besó ambas mejillas, y dio un paso atrás para mirarme, finalmente soltando un cordial suspiro.
—Tan bella como tu madre el día de nuestra boda.
Me preguntaba si la habitual reproducción de emociones era para el beneficio de aquellos que miraban dentro. Raramente veía un momento de afecto pasar entre mi madre y mi padre, pero entonces en un breve segundo vi sus ojos levantarse de mí hasta ella y permanecer ahí. Mi madre le devolvió la mirada, y me pregunté lo que pasó entre ellos. ¿Amor? ¿O arrepentimiento ante el amor perdido y lo que podría haber sido? La incertidumbre solo llenó un extraño agujero en mí, y cientos de preguntas saltaron a mis labios, pero con el Canciller y el Erudito y el impaciente séquito esperando, estuve decidida a preguntárselo a cualquiera de ellos. Tal vez ese era el propósito de mi padre.
El Cronometrador, un hombre regordete con ojos saltones, saco su siempre presente reloj de bolsillo. Él y los otros escoltaron a mi padre como si fueran los únicos que regían el reino en lugar de otra forma.
—Estamos carentes de tiempo, Su Majestad, —recordó a mi padre.
El Viceregente me dio una mirada simpática pero solo asintió en acuerdo.
—No queremos hacer esperar a la familia real de Dalbreck en esta crucial ocasión. Como bien sabe, Su Majestad, no sería bien recibido.
El hechizo y la mirada se rompieron. Mi madre y mi padre levantaron el manto y lo situaron sobre mis hombros, asegurando el broche en mi cuello, y después mi padre sólo levantó la capucha sobre mi cabeza y de nuevo me besó cada mejilla, pero esta vez con mucha más reserva, solo cumpliendo el protocolo.
—Sirve al Reino de Morrighan bien este día, Arabella.
Lia.
Él odiaba el nombre Jezelia porque no tenía precedente en el linaje real, ni precedente en ningún otro lugar, había argumentado, pero mi madre había insistido en ello una vez sin explanación. En este punto había permanecido firme. Probablemente era la última vez que mi padre concedió algo ante sus deseos. Nunca habría sabido eso si no fuese por Tía Bernette, e incluso ella andaba con cuidado conmigo ante ese tema, todavía espina punzante entre mis padres.
Busqué su cara. El leve rastro de cariño de hace un momento se fue, sus pensamientos moviéndose ya sobre las cuestiones de estado, pero sostuve su mirada, esperando más. No había nada. Levanté la barbilla, permaneciendo más alta.
—Sí, serviré al reino bien, como debo, Su Majestad. Soy después de todo, un soldado en su ejército.
Él frunció el ceño y miró escépticamente a mi madre. La cabeza de ella se levantó con suavidad, en silencio desmintiendo el hecho. Mi padre, siempre primero rey y después padre, estuvo satisfecho al ignorar mi remarque, porque como siempre, otras cuestiones presionaban. Se dio la vuelta y alejó con el séquito, diciendo que me vería en el monasterio, su deber conmigo ahora cumplido. Deber. Esa era una palabra que odiaba tanto como tradición.
—¿Estás lista? —Preguntó mi madre cuando los otros hubieron dejado la habitación.
Asentí.
—Pero tengo que atender una necesidad personal antes de marcharnos. Te encontraré en el pasillo inferior.
—Puedo…
—Por favor, Madre… —Mi voz se rompió por primera vez—. Solo necesito unos minutos.
Mi madre cedió, y escuché el solitario eco de sus pasos mientras se retiraba por el pasillo.
—¿Pauline? —Susurré, golpeándome las mejillas.
Pauline entró en mi habitación a través de la cámara de vestir. Nos miramos la una a la otra, sin palabras necesarias, claramente comprensible lo que yacía ante nosotras, cada detalle del día ya forzado con mucho interminables noches largas sin dormir.
—Todavía hay tiempo para que cambies de opinión. ¿Estás segura? —Preguntó Pauline, dándome una última oportunidad para retirarme.
¿Segura? Mi pecho se apretó con dolor, un dolor tan profundo y real que me preguntaba si los corazones en verdad eran capaces de romperse. ¿O era el miedo que me agujereaba? Presioné la mano fuerte contra mi pecho, intentando suavizar la apuñalada que sentí ahí. Tal vez este era el punto de partir.
—No hay vuelta atrás. La elección fue hecha por mí, —respondí—. Desde este momento, este es el destino con el que tendré que vivir, para bien o para mal.
—Ruego que para bien, amiga mía, —dijo Pauline, asintiendo en comprensión. Y con eso, nos apresuramos a bajar el vacío corredor arqueado hacia la parte trasera de la ciudadela y luego a bajar la oscura escalera de los sirvientes. No pasamos a nadie –todos estaban ocupado con las preparaciones en el monasterio o esperando en la parte delantera de la ciudadela a la procesión real en la plaza.
Emergimos a través de una pequeña puerta con diminutas bisagras negras cegando por la luz del sol, el viento golpeando nuestro vestidos y arrojando atrás mi capucha. Visualicé la puerta de la fortaleza que solo se usaba para las cazas y salidas discretas, ya abierta como se ordenó. Pauline me condujo a través de un enlodado prado hasta la sombreada pared escondida de una cochera donde un chico del establo con los ojos abiertos esperaba con dos caballos ensillados. Sus ojos se ampliaron imposiblemente más mientras me acercaba.
—Su Alteza, ya tiene el carruaje preparado para usted, —dijo, tropezando con las palabras mientras salían—. Está aguardando en las escaleras del frente de la ciudadela. Si usted…
—Los planes han cambiado, —dije con firmeza, y recogí mi vestido en grandes montones como pude para conseguir un punto de apoyo en el estribo. La boca del chico con pelo de baja se abrió mientras miraba mi una vez inmaculado, el dobladillo ya embadurnado con lodo, ahora manchándome las mangas y el corpiño de encaje, y peor, el enjoyado manto de boda de los Morrighan.
—Pero...
—¡Deprisa! ¡Una mano en alto! —Espeté, tomando las riendas de él.
Él obedeció, ayudando a Pauline en manera similar.
—¿Qué diablos…?
No escuché lo demás que dijo, los cascos al galope estampando contra todos los argumentos del pasado y el presente. Con Pauline a mi lado, en un rápido acto que nunca podría ser desecho, un acto que terminaría miles de sueños pero que daba nacimiento a uno, salí huyendo por la cubierta del bosque y nunca miré atrás.


Por temor a que repitamos la historia,
las historias deberían ser pasadas
de padre a hijo, de madre a hija
pero con nada más que una generación,
la historia y la verdad están perdidas para siempre.

—Libro de Textos Sagrados de Morrighan, Vol.III

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