domingo, 21 de septiembre de 2014

Adelanto Edge of The Falls

Capítulo 1

Traducido por katiliz94

Nunca he cuestionado las necesidades de la Señora por las zarzas de estrellas.
En los casi catorce años que he vivido bajo su techo, lo he aceptado sin pensar. Pero mientras escojo mi camino por el acantilado, buscando la siempre persistente oscuridad para las florecillas, me pregunto qué es tan importante sobre ellas.
El viento se levanta y derrapo un poco, el acantilado helado por el rocío de la cascada. Retrocedo mientras miro en la mochila —está casi vacía.
Hemos agotado las reservas fácilmente almacenadas de flores.
Siento la mirada de alguien, y resisto el mirar detrás de mí. En su lugar, me agacho, atraída por una atrofiada flor creciendo al otro lado del precipicio. La libero, y miro la agitada agua, rompe en las rocas lejos por debajo de mí. ¿Qué niño estaría abajo en este momento?
¿Quiénes arriesgarían su vida por el antojo de nuestra Señora?
Un grito, acechador y primitivo, llena el aire, elevándose sobre el rugido de la cascada y me sacudo, perdiendo el equilibrio por un atontado momento.
Mis manos resbalan por el hielo, deslizándose hasta que encuentro un agarre. Por un largo momento, permanezco quieta, esperando a que mi latido se ralentice. Entonces gateo hacia atrás, apenas respirando mientras me voy alejando del desprendimiento. Veo sangre en las rocas, y con retraso, siento el escozor en la palma de la mano.
Lilith está caminando arduamente por la helada cima de nieve, la punta de su nariz roja sobresaliendo de la capucha. Se arrodilla, inspeccionando algo cerca del suelo y contengo la respiración, esperando. Si ha encontrado más zarzas de estrellas, podremos ser capaces de posponer lo inevitable durante un par de días más.
Se endereza y sus ojos se clavan en mí, cuestionando. Suspiro. Hemos estado recolectando las flores desde hace tres semanas y las reservas en la pared del acantilado se van. He estado aterrorizada este día. Estirando mi abrigo de lana más cerca y deseando que de alguna manera fuera una protección más fuerte que el spray, indico a Lilith que me siga de regreso a la Mansión.
—¿A quién enviará la Señora? —pregunta, mientras cae en un paso a mi lado. Su voz es suave, difícil de escuchar sobre el constante rugido del agua. Tiemblo. La última temporada, Cedric había ido a por las flores, pero se ha superpuesto de eso en los meses desde entonces –y aun no se ha recuperado por completo de la pierna rota. Gwen no le dejará ir ahora, sin importa lo que la Señora desee.
Fuerzo una sonrisa para Lilith mientras caminamos de regreso a la Mansión.
—No cuestionamos a la Señora, Lil.
No es una respuesta, y la siento temblar, siento la pregunta que cuelga en el aire a nuestro alrededor, tan tangible como la neblina que la tiene temblando.
—Vamos, hermanita, —digo con afección—. Vamos a acercarte al fuego y ver lo que Cook hace para cenar.
Regresamos a la Mansión y de nuevo los gritos de los lobos expulsados llenan la oscuridad. A mi lado, Lilith tiembla, y nuestra paz se acelera tan rápido como volvemos a la casa. Miro sobre mis hombros cuando Lilith se desliza en la cocina, y en la siempre presente oscuridad, puedo ver el destello de ojos dorados, observando hambrientamente detrás de nosotros en la oscuridad.
De alguna forma los ojos son familiares. Me pregunto si es el mismo lobo expulsado que ha estado vagando por la Mansión durante las anteriores semanas para vigilarnos.
Ignorando la desconocida —e idiota— urgencia por buscar al lobo expulsado, cierro la puerta con firmeza y la atranco detrás de nosotros.
La Señora declara que los lobos expulsados nos protegen de los leopardos, dragones y los aventureros Guardianes. Ocasionalmente, en la tenue luz gris de la mañana, cuando Berg y yo deambulamos por los terrenos buscando frutos secos o hierbas que la Señora ha pedido, encontraremos un cuerpo.
A veces, podemos decir que era por el pelaje. Otras veces, no queda suficiente ni siquiera para decir si era animal o humano. Ninguno de nosotros habla de ellos, y nunca les dijimos a los otros que les encontramos. Algunas cosas, no las compartes con niños pequeños. Llevas el peso de ellos sobre los hombros.
—¿Sabah?
Levanto la mirada hacia el sonido de mi nombre. Es la aguda voz de Cook, recordándome que estoy empapada, calada hasta los huesos por la rociada y el hielo. Mis manos se aprietan en mi abrigo y el dolor estalla en mi mano. Escondo la mueca y sigo a Lilith por la cálida cocina hasta la habitación donde todas las chicas duermen. A pesar del fuego, todavía hace frio en nuestro dormitorio, y tiemblo tan rápido como me quito el abrigo, los arrugados pantalones y el suéter tejido. La camiseta interna se pega a mí, una fina capa de hielo, y considero la ventaja de dejarla puesta. Entonces me encojo de hombro y la descarto también, cogiendo el largo e informe vestido que Lilith me arroja, suspirando de alivio cuando me deslizo en él.
No es mucho. Comparado con el delicado tejido de las batas de la Señora, es áspera y rasposa. Está caliente y seca, y eso importa más.
Lilith mira en su alforja de nuevo mientras envuelvo mi mano con esmero.
—No es suficiente, —murmura, abatida.
—Lil, —espeto, mi voz más afilada de lo que pretendía—. Sabías que esto iba a ocurrir –esto siempre ocurre.
Sus ojos grises están dolidos cuando se levantan hacia los míos, y contengo el suspiro, fuerzo a mi tono estar tranquilo cuando digo:
—Estará bien, Lil. La Señora lo verá.
Se inclina hacia mí mientras la conduzco de regreso a la cocina, y le dejo. Todas las chicas más jóvenes me miran por apoyo y guía —un rol en el que nunca he estado cómoda, incluso a pesar de que ha sido mío durante tantos años como he estado en la Mansión.
Cuando volvemos a entrar en la cocina, el olor de venado y pan con sabor a nueces en el aire, mis ojos se lanzan alrededor para encontrarle. Berg se endereza donde se había medio arrodillado al lado de Guin. Una opresión en mi pecho se alivia; la opresión que siempre está ahí cuando él está fuera cazando.
Sus ojos cielo oscuro se entibian cuando me ve, y veo la pregunta en ellos, la que he estado temiendo. Berg me conoce lo suficientemente bien para leer la respuesta al instante, en la posición de mis hombros y el brazo alrededor de Lilith. Un silencioso suspiro de él mientras el clamor de las niñas me sumerge.
Kaida está sentándose en el fuego, leyendo, pero puedo atrapar su mirada cuando las niñas me meten en su conversación sobre el gatito que encontraron en el invernadero. Intento no encogerme de dolor ante la visión de sus grandes ojos grises, reflejos de los mios, esforzándome por no pensar en lo que tendrá que hacer pronto.
El silencio se sitúa con lentitud, las niñas callan y se tensan mientras esperamos a la Señora. Cook permanece de pie en el pedernal, murmurando algo sobre el abundante estofado.
La Señora entra en la habitación como la neblina sobre las rocas —arrastrándose, en silencio, sin espectáculos o anuncios. En un momento está ausente, y al siguiente, se sienta a la cabeza de la mesa. Ahí está el momento familiar de silencioso terror, antes de que de palmadas una vez y Cook se agite hacia la mesa.
Entonces los más mayores, Berg y yo no sentamos directamente de frente el uno al otro, a ambos lados de la Señora. Todos esperamos mientras Cook la sira antes de que yo comience a repartir el estofado de venado y tender los cuencos a los más jóvenes.
—¿Cómo te fue hoy, cazando? —pregunta la Señora, aceptando el pan con sabor a nueces untado con miel que Berg ofrece.
Él sonríe, y siento algo de alivio de que uno de nosotros tuviese éxito.
—Dos conejos, u ganso pequeño y una red de pesca llena.
La Señora sonríe —siempre disfruta del pescado fresco. Entonces sus oscuros ojos encuentran los míos y tiemblo mientras ella arque una interrogante ceja.
—Los suministros han sido agotados, Señora. Encontramos cuatro zarzas. Dos estaban demasiado atrofiadas para ser de uso, —digo, mirando mi cuenco.
Lanzo una rápida mirada cautelosa hacia ella.
Sus ojos se estrechan, imperceptible para cualquiera que no sabe mirar, y miro de nuevo abajo, al abundante caldo, enfriándose con rapidez. Sus dedos rozan mi brazo, suaves, helados y alarmantes —mi mirada se sacude hacia ella y ella sonríe, tensa pero ahí.
—Estaba prevenido, querida. Deberemos ajustarnos.
Asiento en silencio y comienzo a comer, sin saborear la comida mientras la conversación se incrementa a mi alrededor, la cómoda y familiar charla de historias, lecciones y trabajo. El triángulo que compone nuestras vidas.
No es una vida mala —y ya que todos éramos Vulgares, dejados por los elementos al exterior del Escudo, es más de lo que podríamos haber esperado.
Muchos Forasteros viven una vida de lejos más difícil. A veces les vemos, clanes de Vagabundos que se apresuran hacia el viento y las tormentas acidas, y esperan evitar a los más sanguinarios predadores. Los hijos de los Forasteros siempre son sucios y salvajes, algo de hambre en sus ojos cuando me observan.
No, sé que nuestra vida aquí a la sombre de la Ciudad no es mala. Algunas veces, cuando las luces oscuras se levantan lo suficiente, puedo verlas por la extensión del aire que nos separa de la Ciudad. Puedo ver los agujeros de luz que conducen a la siempre persistente noche atrás y me asombro.
¿Cómo sería la vida, como un Ciudadano? ¿Donde no hubiese lobos expulsados al exterior de la puerta? ¿Sin tormentas acidas haciendo incluso de las más leves tormentas una pesadilla? Me asombra que la seguridad puede ser encontrada en tal vida regulada.
Y —muy frecuentemente— me pregunto porque la Señora elegiría vivir al exterior de esa seguridad, tan cerca y además Exiliada de su propia gente.

No hay comentarios:

Publicar un comentario