miércoles, 4 de junio de 2014

Prólogo: Caen Como la Lluvia [Ciudad de Fuego Celestial]

He oído que anda circulando un prologo de CoHF. Ese prologo no está completo, lo he comprobado al compararlo con el libro, solo era un adelanto dado por cassie.
Este es el único adelanto de CoHF que dejaré entero aquí:

Prólogo:
Caen Como la Lluvia

Traducido por katiliz94
Instituto de Los Ángeles, Diciembre de 2007
Un día los padres de Emma Carstairs fueron asesinados, el tiempo era perfecto.
Por otro lado el tiempo normalmente era perfecto en Los Ángeles. La madre y el padre de Emma la llevaron una clara mañana de invierno al Instituto en el acantilado detrás de la Carretera de la Costa del Pacífico, mirando por encima el océano azul. El cielo era una despejada extensión azul sin nubes que se estiraba desde los acantilados de las Cercas del Pacífico hasta las playas en Point Dume.
Un informe había llegado la noche anterior sobre la actividad demoniaca cerca de la playa de las cuevas de Leo Carrillo. Los Carstairs habían sido asignados a investigarlo. Más tarde Emma recordaría a su madre metiendo una hebra de pelo llevada por el viento en su oreja mientras se ofrecía a dibujar runa Intrépida sobre el padre de Emma, y a John Carstairs riendo y diciendo que no estaba seguro sobre cómo se sentía sobre las modernas runas. Estaba bien con lo que estaba escrito en el Libro Gris, muchas gracias.
En ese momento, sin embargo, Emma estaba impaciente con sus padres, abrazándolos rápidamente antes de apartarse para correr arriba por los escalones del Instituto, su mochila rebotando entre sus hombros mientras ellos se despedían desde el patio.
A Emma le encantaba eso de ir a entrenar al Instituto. No solo lo hacía su mejor amigo, Julian, vivía ahí, sino que siempre se sentía como si estuviera volando en el océano cuando iba dentro. Era una estructura masiva de madera y piedras en el extremo de un largo camino de guijarros que serpenteaba a través de las colinas. Cada habitación, cada piso, miraba hacia el océano, las montañas y el cielo, ondeando extensiones de azul, verde y dorado. El sueño de Emma era escalar el tejado con Jules —aunque, demasiado lejos como habían sido frustrados por los padres— para ver si la vista se estiraba todo el camino hacia el desierto en el sur.
Las puertas delanteras la conocían y le dieron un fácil acceso bajo su toque familiar. La entrada y las plantas bajas del Instituto estaban llenas de adultos Cazadores de Sombras, caminando de atrás a adelante. Algún tipo de reunión, imaginó Emma. Captó la visión del padre de Julian, Andrew Blackthorn, el líder del Instituto, en medio de la multitud. Sin querer ser desacelerada por los saludos, corrió por el vestuario en el segundo piso, donde se cambió de pantalones y camiseta por ropa de entrenamiento —camiseta demasiado grande, pantalones sueltos de algodón, y el artículo más importante: el cuchillo colgado sobre sus hombros.
Cortana: El nombre simplemente significaba “espada corta,” pero no significaba corta para Emma. Era de la longitud de su antebrazo, metal centelleante, la hoja inscrita con las palabras que nunca fallaban para provocar que un temblor bajase por su espina dorsal: Soy una Cortana, del mismo acero y temperamento como Joyeuse y Durendal. Su padre le había explicado lo que significaba cuando puso la espada por primera vez en sus manos a los diez años.
—Puedes usar esto para entrenar hasta que tengas dieciocho años, cuando se convierte en tuya, —había dicho John Carstairs, sonriéndola mientras los dedos de ella trazaban las palabras—. ¿Entiendes lo que significa?
Ella había sacudido la cabeza. Había entendido “Acero,” pero no “temperamento.” “Temperamento” significaba “furia,” algo sobre lo que su padre siempre estaba advirtiéndole que debería controlar. ¿Qué tenía que ver con un cuchillo?
—Sabes sobre la familia Wayland, —había dicho él—. Fueron creadores de armas famosas antes de que las Hermanas de Hierro comenzasen a forjar todas las espadas de los Cazadores de Sombras. Wayland el Smith hizo a Excalibur y Joyeuse, las espadas de Arthur y Lancelot, y Durendal, la espada del héroe Roland. Y también hicieron esta espada, del mismo acero. Todo el acero debe ser templado —sujeto por el gran calor, casi lo bastante para derretir o destruir el metal— para hacerlo más fuerte. —Él había besado la parte superior de su cabeza—. Los Carstairs han llevado esta espada durante generaciones. La inscripción nos recuerda que los Cazadores de Sombras somos las armas del Ángel. Nos templan en el fuego, y nos hacemos más fuertes. Cuando nosotros sufrimos, sobrevivimos.
Emma difícilmente podría esperar los seis años hasta que tuviera dieciocho, cuando podría viajar al mundo para enfrentar a demonios, cuando podría ser templada en el fuego. Ahora sujetó la espada a la izquierda del vestuario, imaginando como sería. En su imaginación estaba de pie en lo alto de los peñascos sobre el mar en Point Dume, ahuyentando a un cuadro de demonios Raum con la Cortana. Julian estaba con ella, por supuesto, blandiendo su arma favorita, la ballesta.
En la mente de Emma, Jules siempre estaba ahí. Emma le había conocido tanto tiempo como podía recordar. Los Blackthorns y los Carstairs siempre habían sido cercanos, y Jules era solo unos pocos meses mayor; ella literalmente nunca vivió en un mundo sin él en él. Había aprendido a nadar en el océano con él cuando ambos habían sido bebés. Habían aprendido a caminar y después a correr juntos. Ella había sido llevada en los brazos de los padres de él y acorralada por su hermano y hermana mayor cuando se comportaba mal.
Y solían portarse mal. Pintar al hinchado gato blanco de la familia Blackthorn —Oscar— de azul brillante había sido idea de Emma cuando ambos tenían siete años. De cualquier forma, Julian había asumido la culpa; solía hacerlo. Después de todo, había señalado, ella era solo una niña y él el que tenía siete años; sus padres olvidarían que estuvieron enfadados con él mucho más rápido que los de ella.
Recordó cuando la madre de él había muerto, justo después del nacimiento de Tavvy, y cómo Emma había estado de pie sosteniendo la mano de Jules mientras le cuerpo había ardido en el barranco y el humo se había elevado hasta el cielo. Recordó que él había llorado, y recordó pensar que los chicos lloraban muy diferente que las chicas, con extraños e irregulares sollozos que sonaban como si estuvieran siendo abiertos con ganchos. Tal vez era peor para ellos porque se suponía que no lloraban…
—¡Oof! —Emma se tambaleó hacia atrás; había estado tan perdida en la idea que había chocado justo con el padre de Julian, un hombre alto con el mismo pelo castaño enmarañado como muchos de sus hijos—. ¡Lo siento, Señor Blackthorn!
Él sonrió.
—Nunca antes vi a nadie con tanto entusiasmo por ir a dar las lecciones, —dijo mientras ella corría abajo hacia el salón.
La sala de entrenamiento era una de las habitaciones favoritas de Emma en todo el edificio. Ocupaba casi todo un nivel, y tanto las paredes del Este como del Oeste eran de cristal claro. Podías ver el mar azul casi desde cualquier lugar desde el que mirases. La curva de la costa era visible de Norte a Sur, la infinita agua del Pacífico extendiéndose hacia Hawái.
En el centro del sumamente pulido suelo de madera permanecía de pie el tutor de la familia Blackthorn, una imponente mujer llamada Katerina, actualmente comprometida en enseñar a arrojar cuchillos a los mellizos. Livvy estaba siguiendo las instrucciones atentamente como siempre hacía, pero Ty estaba frunciendo el ceño y reticente.
Julian, en sus leves ropas sueltas de entrenamiento, estaba yaciendo sobre la espalda cerca de la ventana Oeste, hablando a Mark, quien tenía la cabeza metida en un libro y estaba haciendo su mejor esfuerzo por ignorar a su más joven medio hermano.
—¿No crees que “Mark[1]” es un tipo de nombre extraño para un Cazador de Sombras? —estaba diciendo Julian mientras Emma se aproximaba—. Quiero decir, si realmente piensas en ello. Es confuso. “Pon una Marca en mí, Mark.”
Mark levantó su cabeza rubia del libro que estaba leyendo y miró a su hermano pequeño. Julian estaba perezosamente dando vueltas a una estela en su mano. La sostenía como un pincel, algo por lo que Emma siempre estaba regañándole. Se suponía que tienes que sostener una estela como una estela, como si fuera una extensión de tu mano, no una herramienta de un artista.
Mark suspiró dramáticamente. A los dieciséis años era bastante mayor que ellos para encontrar todo lo que Emma y Julian hacían tanto irritante como ridículo.
—Si te importa, puedes llamarme por mi nombre completo, —dijo él.
—¿Mark Antony Blackthorn? —Julian arrugó la nariz—. Lleva mucho tiempo decirlo. ¿Qué pasa si fuéramos atacados por un demonio? Para el momento que estuviese a mitad de camino de decir tu nombre, estarías muerto.
—¿En esta situación vas a salvarme la vida? —Preguntó Mark—. Sigue adelante, ¿no crees, mocoso?
—Podría ocurrir. —Julian, no complacido al ser llamado mocoso, se sentó. Su pelo destacaba en el viento sobre su cabeza. Su Hermana mayo, Helen, siempre estaba atacándole con cepillos para el pelo, pero eso nunca hacía nada bueno. Él tenía el pelo Blackthorn, como su padre y muchos de sus hermanos y hermanas —ondas salvajes, del color del chocolate oscuro. La familiar similitud siempre fascinaba a Emma, quien se parecía muy poco a alguno de sus padres, a menos que contases el hecho de que su padre era rubio.
Helen había estado en Idris durante meses hasta ahora con su novia, Aline; habían intercambiado anillos de familia y eran “muy serias” sobre la una con la otra, de acuerdo con los padres de Emma, lo cual mayormente significaba que se miraban entre sí de forma muy sentimental.  Emma estaba determinada a que si alguna vez se enamoraba, no sería enamoradiza de esa manera. Entendía que había cantidad de escándalos sobre el hecho de que tanto Helen como Aline fuesen chicas, pero no entendía porque, y a los Blackthorns parecía gustarles mucho Aline. Ella era una presencia tranquilizante, y evitaba a Helen preocuparse. 
La actual ausencia de Helen no significaba que nadie estuviese para cortar el pelo de Jules, y la luz del sol en la habitación volvió las rizadas puntas en doradas. Las ventanas a lo largo de la pared del este mostraban el pesado movimiento circular de las montañas que separaban el mar del Valle San Fernando —secas y polvorientas colinas atestadas con desfiladeros, cactus y zarzas. A veces los Cazadores de sombras iban al exterior a entrenar, y a Emma le encantaban esos momentos, le encantaba encontrar los caminos escondidos, las cascadas secretas  y las lagartijas durmientes que descansaban sobre las rocas cercanas a ellas. Julian era experto en la persuasión de lagartijas para atraerlas a su palma y dormir ahí mientras les frotaba la cabeza con el pulgar.
—¡Cuidado!
Emma se agachó mientras el apuntado cuchillo de madera volaba sobre su cabeza y rebotaba contra la ventana, golpeando a Mark en la pierna al rebotar. Él echo abajo el libro y se levantó, gruñendo. Mark técnicamente estaba en secundaria supervisión, respaldando a Katerina, aunque prefería leer que enseñar.
—Tiberius, —dijo Mark—. No me arrojes cuchillos.
—Fue un accidente. —Livvy se movió para ponerse entre su gemelo y Mark. Tiberius era tan oscuro como tan claro lo era Mark, el único de los Blackthorns -además de Mark y Helen, quienes no contaban mucho, debido a su sangre de Subterráneos- al no tener el pelo marrón y los ojos verde-azulados que eran las características de la familia. Ty tenía el pelo rizado corto, y ojos grises del color del metal.
—No, no lo fue, —dijo Ty—. Estaba apuntándote.
Mark dio una exagerada respiración profunda y deslizó las manos a través de su pelo, el cual se quedó levantado en picos. Mark tenía los ojos Blackthorn, el color verdín, pero su pelo, como el de Helen, era rubio blanquecino, como lo había sido el de su madre. El rumor era que la madre de Mark había sido una princesa de la Corte Seelie; había tenido una aventura con Andrew Blackthorn la cual había producido dos niños, a los cuales ella había abandonado en la entrada del Instituto de Los Ángeles una noche antes de desaparecer para siempre.
El padre de Julian había aceptado a sus hijos medio hadas y los crió como Cazadores de Sombras. La sangre de Cazadores de Sombras era dominante, y a pesar de que al Consejo no le gustaba, aceptarían a los niños con parte de Subterráneos en la Clave tanto como su piel pudiese tolerar las runas. Tanto Helen como Mark habían sido runados primero a los diez años, y sus pieles soportaron las runas con seguridad, aunque Emma podía decir que ser runado hería a Mark más que a cualquier Cazador de Sombras ordinario. Le vió doblarse de dolor, a pesar de que intentaba esconderlo, cuando la estela fue situada en su piel. Últimamente había estado notando muchas cosas sobre Mark —la manera en que la extraña forma de hada influenciada de su rostro era atrayente, y la anchura de sus hombros debajo de las camisetas. No sabía porque estaba notando esas cosas, y con exactitud no le gustaba. La hacía querer hablar bruscamente a Mark, o esconderse, a menudo al mismo tiempo.
—Estás mirando, —dijo Julian, mirando a Emma sobre las rodillas de sus pantalones rociados de las herramientas de entrenamiento.
Ella recuperó de inmediato la atención.
—¿A qué?
—A Mark… de nuevo. —Sonó molesto.
—¡Cállate! —siseó Emma en voz baja y agarró su estela. Él la tomo de regreso, y un forcejeo se produjo. Emma se rió con nerviosismo mientras se apartaba de Julian. Había estado entrenando con él mucho tiempo, sabía cada movimiento que él haría antes de que lo hiciese. El único problema era que estaba inclinada a ser paciente con él. La idea de alguien hiriendo a Julian la ponía furiosa, y a veces eso la incluía a sí misma.
—¿Esto es por las abejas en tu habitación? —Estaba exigiendo Mark mientras avanzaba hacia Tiberius—. ¡Sabes por qué tuvimos que deshacernos de ellas!
 —Imagino que lo hiciste para frustrarme, —dijo Ty. Ty era pequeño para su edad –diez años– pero tenía el vocabulario y el estilo de uno de dieciocho. Ty no decía mentiras normalmente, mayormente porque no entendía porque podría necesitarlo. No podía entender por qué algunas de las cosas que hacía molestaban o enfadaban a las personas, y encontró su ira tanto incomprensible como aterradora, dependiendo de su humor.
—No es sobre frustrarte, Ty. Simplemente no puedes tener abejas en tu habitación…
—¡Estaba estudiándolas! —explicó Ty, su pálido rostro sonrojándose—. Era importante, y eran mis amigas, y sabía lo que estaba haciendo.
—¿Al igual que sabías lo que estabas haciendo con la serpiente de cascabel esa vez? —dijo Mark—. A veces te requisamos cosas porque no queremos que te hagas daño; sé que es difícil de entender, Ty, pero te queremos.
 Ty lo miró sin comprender. Sabía lo que “te quiero” significaba, y lo sabía bien, pero no entendía porque era una explicación para todo.
Mark se arrodilló, las manos en las rodillas, manteniendo los ojos al nivel de los grises de Ty.
—Está bien, aquí está lo que vamos a hacer…
—¡Ja! —Emma se las había arreglado para voltear a Julian sobre su espalda y forzar la estela a distancia de él. Él se rió, retorciéndose debajo de ella, hasta que ella sujetó su brazo en el suelo.
—Me rindo, —dijo él—. Me ri…
Estaba riéndose de ella, y ella de repente fue atacada con la comprensión de la sensación de que yacer directamente sobre Jules era en realidad un poco extraño, y también del entendimiento de que, como Mark, él tenía una bonita forma para su cara. Redondeada, juvenil y realmente familiar, pero podía ver a través de la cara que él tenía ahora a la cara que él tendría, cuando fuera más mayor.
El sonido del timbre del instituto hizo eco por toda la habitación. Era un profundo, dulce y repiqueteante sonido, como las campanas de la iglesia. Desde el exterior, el Instituto se veía para los ojos mundanos como las ruinas de un antiguo objetivo español. A pesar de que había señales de PROPIEDAD PRIVADA y NO ENTRAR pegadas por todos lados, algunas veces las personas —normalmente mundanos con una leve dosis de la Visión— se las arreglaban para deambular por la puerta delantera de cualquier manera.
Emma se apartó de Julian y se alisó la ropa. Había parado de reír. Julian se levantó, apoyándose sobre las manos, sus ojos curiosos.
—¿Todo bien? —dijo él.
—Me golpeé el hombro, —mintió ella, y miró a los otros. Livvy estaba permitiendo a Katrina mostrarle como sostener el cuchillo, y Ty estaba sacudiendo la cabeza hacia Mark. Ty. Ella había sido la única en darle a Tiberius ese apodo cuando nació, porque a los dieciocho meses no había sido capaz de decir “Tiberius” y en su lugar le había llamado “Ty-Ty.” A veces se preguntaba si él lo recordaba. Era extraño, las cosas que preocupaban a Ty y las que no lo hacían. No podías predecirlas.
—¿Emma? —Julian se inclinó hacia adelante, y todo pareció explotar alrededor de ellos. Hubo un repentino destello enorme de luz, y el mundo al exterior de la ventana se volvió dorado blanquecino y rojo, como si el Instituto se hubiese quedado atrapado en un incendio. Al mismo tiempo el suelo debajo de ellos se balanceó como la cubierta de un barco. Emma se deslizó hacia adelante justo cuando un terrible grito se elevó del piso de abajo, un horrible grito irreconocible.
Livvy jadeó y fue por Ty, envolvió los brazos alrededor de él como si pudiese rodear y proteger su cuerpo con el suyo. Livvy era una de las muy pocas personas a las que a Ty no le molestaba que le tocara; él se puso de pie con los ojos amplios, una de las manos metida en la manga de la camisa de su hermana. Mark se había puesto ya de pie; Katerina estaba pálida bajo sus bucles de pelo negro.
Vosotros os quedáis aquí, dijo ella a Emma y a Julian, sacando la espada de la vaina en su cinturaCuidad de  los gemelos. Mark, ven conmigo.
¡No! —dijo Julian, poniéndose de pie. Mark...
—Estaré bien, Jules, dijo Mark con una sonrisa tranquilizadora; ya tenía una daga en cada mano. Era bastante rápido con los cuchillos  y su puntería era infalible. Quédate con Emma, dijo, asintiendo hacia ambos, y luego se desvaneció detrás de Katerina, la puerta de la sala de entrenamiento cerrándose detrás de ellos.
Jules se acercó a Emma, deslizó su mano en la de ella y la ayudó a ponerse de pie;  ella quería señalarle que estaba bien y que podía valerse por sí misma, pero lo dejó pasar. Entendió la necesidad de sentirse como si estuviera haciendo algo, cualquier cosa para ayudar. De repente otro grito se levantó de la planta baja; ahí estaba el sonido del cristal rompiéndose. Emma se apresuró a cruzar la habitación hacia los gemelos; aún eran mortales, como pequeñas estatuas. Livvy estaba pálida, Ty se aferraba a su camisa con un apretón de muerte.
Todo va a estar bien, dijo Jules, poniendo la mano entre los delgados omoplatos de su hermano. Sea lo que sea que sea...
No tienes ni idea de lo que es, dijo Ty con voz cortante. No puedes decir que va a estar bien. No lo sabes.
Entonces hubo otro ruido. Fue un sonido peor que el de un grito. Fue un aullido terrible, salvaje y cruel. ¿Hombres lobo? Pensó Emma con asombro, pero había escuchado los aullidos de los hombres lobo antes; esto era algo mucho más oscuro y cruel.
Livvy se acurrucó contra el hombro de Ty. El levantó su carita blanca, sus ojos siguiendo de Emma para descansar en Julian.
Si nos escondemos aquí, dijo Ty, y lo que sea nos encuentra y hace daño a nuestra hermana, entonces será su culpa.
El rostro de Livvy estaba oculto contra Ty; él había hablado en voz baja, pero Emma no tenía ninguna duda de que hablaba en serio. Por todo el intelecto aterrador de Ty, por toda su extrañeza e indiferencia hacia los demás, era inseparable de su gemela. Si Livvy estaba enferma, Ty dormía a los pies de su cama;  si ella tiene un rasguño, él entraba en pánico, y era lo mismo en la otra forma.
Emma vio las emociones conflictivas que los perseguían a todos a través del rostro de Julian sus ojos buscaron los de ella, y ella asintió minuciosamente. La idea de estar en la sala de entrenamiento y esperando que lo que fuera que hubiera hecho que el sonido se acercara a ellos, hizo que sintiera como si su piel se estuviera despegando de sus huesos.
Julian cruzó la habitación y regresó con una ballesta  y dos dagas.
Tienes que soltar a Livvy ahora, Ty, dijo, y después de un momento, los gemelos se separaron. Jules tendió a Livvy una daga y le ofreció la otra a Tiberius, quien la miró como si se fuera un artefacto alienígena. Ty, dijo Jules, dejando caer la mano. ¿Por qué tenías las abejas en tu habitación? ¿Qué es lo que te gusta de ellas?
Ty no dijo nada.
Te gusta la forma en que trabajan juntas, ¿verdad? —dijo Julian. Bueno, ahora tenemos que trabajar juntos. Vamos a llegar hasta la oficina y hacer una llamada a la Clave, ¿está bien? Una llamada de emergencia. Entonces ellos enviarán refuerzos para protegernos.
Ty extendió la mano para tomar la daga con un gesto brusco.
Eso es lo que habría sugerido yo si Mark y Katerina me hubieran escuchado.
Él lo habría hecho, dijo Livvy. Había tomado la daga con más confianza que Ty, y la sostenía como si supiera lo que estaba haciendo con la hoja. Es lo que él estaba pensando.
Vamos a tener que ser muy silencios ahora, dijo Jules. Vosotros dos me vais a seguir hasta la oficina. Levantó los ojos; su mirada se encontró con la de Emma. Emma va a ir a buscar a  Tavvy y a Dru y nos encontraremos allí. ¿De acuerdo?
El corazón de Emma se abatió y se desplomó como un ave marina. OctaviusTavvy, el único bebé de sólo dos años. Y Dru, de ocho, demasiado jóvenes para empezar el entrenamiento físico. Por supuesto que alguien iba a tener que ir a por ellos. Y los ojos de Jules se lo estaban pidiendo.
Sí, dijo ella. Eso es exactamente lo que voy a hacer.

                  

La Cortana estaba atada a la espalda de Emma, un cuchillo de lanzar en su mano. Ella pensó que podía sentir el latido del metal pulsando en sus venas como un latido del corazón mientras se deslizaba por los pasillos del Instituto, de espaldas a la pared. De cuando en cuando el pasillo se abriría fuera hacia las ventanas, y la vista del mar azul, las verdes montañas y las pacíficas nubes blancas se burlarían de ella. Pensó en sus padres, en algún lugar en la playa, sin tener idea de lo que estaba ocurriendo en el Instituto. Deseó que estuvieran ahí, y al mismo tiempo estaba contenta de que no lo estuvieran. Por lo menos estaban a salvo.
Ella ahora estaba en la parte del Instituto con la que estaba más familiarizada: las habitaciones de la familia. Pasó junto al dormitorio vacío de Helen, ropa empaquetada y su polvoriento cubrecama. Pasó por la habitación de Julian, familiar por un millón de veces fiestas de pijama,  y la de Mark, la puerta firmemente cerrada. La habitación de al lado era del Señor Blackthorn, y justo al lado de ésta estaba la guardería. Emma tomó un profundo respiro y abrió la puerta con el hombro.
Lo visión que encontraron sus ojos en la pequeña habitación pintada de azul los hizo ampliarse. Tavvy estaba en su cuna, sus pequeñas manos agarrando las barras, las mejillas   rojo brillante de tanto gritar. Drusilla de pie frente a la cuna, con una espada el Ángel sabía dónde la había conseguido  aferrada en su mano; estaba apuntada directamente hacia Emma. La mano de Dru estaba temblando lo suficiente para que la punta de la espada estuviera bailando alrededor; sus trenzas pegadas a ambos lados de su cara regordeta, pero la mirada en sus ojos Blackthorn tenía una de determinación de acero: No te atrevas a tocar a mi hermano.
Dru, dijo Emma con tanta suavidad como pudo. Dru, soy yo. Jules me ha enviado por vosotros.
Dru dejó caer la espada con un repiqueteo y se echó a llorar. Emma la pasó y tomó al bebé de la cuna con su brazo libre, sosteniéndolo sobre la cadera. Tavvy era pequeño para su edad pero aun así pesaba unas buenas veinticinco libras; ella hizo una pequeña mueca mientras él le agarraba el pelo.
Memma, dijo.
Shush. —Besó la parte superior de su cabeza. Olía a talco de bebé y lágrimas. Dru, agarra  mi cinturón, ¿sí? Vamos a la oficina. Allí estaremos a salvo.
Dru agarró del cinturón que sostenía las armas de Emma con sus pequeñas manos;  ya había parado de llorar. Los Cazadores de Sombras no lloraban mucho, incluso cuando tenían ocho años.
Emma condujo la marcha hacia el vestíbulo. Los sonidos de abajo ahora eran peores. Los gritos todavía continuaban, el aullido profundo, los sonidos de cristales rompiéndose y de madera agrietándose. Emma avanzó hacia adelante, agarrando a Tavvy, murmurando una y otra vez que todo estaba bien, que él estarían bien. Y había más ventanas, y el sol brillaba a través de ellas con saña, casi cegándola.
Estaba cegada por el pánico y el sol; era la única explicación para haberse equivocado en el siguiente giro. Dio la vuelta por un pasillo, y en lugar de encontrarse en el pasillo que esperaba, se encontró de pie en lo alto de la amplia escalera que conducía al vestíbulo y las grandes puertas dobles que eran la entrada del edificio.
El vestíbulo estaba lleno de Cazadores de Sombras. Algunos, familiares como los Nefilim  de la Cónclave de Los Ángeles, de negro, otros de traje rojo. Había filas de estatuas, ahora volcadas, en trozos y en polvo en el suelo. El ventanal que daba al mar había sido destrozado,  los cristales rotos y la sangre estaba por todas partes.
 Emma sintió una sacudida de enfermedad en el estómago. En medio del vestíbulo había una alta figura escarlata. Era rubio pálido, casi de pelo blanco, y su rostro parecía el rostro de Raziel tallado en  mármol, solo que carecía por completo de misericordia. Sus ojos eran de  carbón negro,  en una mano llevaba una espada sellada con un modelo de estrellas  y en la otra, una copa hecha de reluciente adamas.
La visión de la copa desencadenó algo en la mente de Emma. A los adultos no les gustaba hablar de política alrededor de los Cazadores de Sombras más jóvenes, pero ella sabía que el hijo de Valentine Morgenstern había tomado un nombre diferente y jurado venganza contra la Clave. Sabía que había hecho una copa que era lo contrario a la Copa del Ángel, que convertía a los Cazadores de Sombras en malvadas y demoníacas criaturas. Había oído al Señor Blackthorn llamarlos  Cazadores de Sombras malvados, los Oscurecidos;  había dicho que prefería morir antes que ser uno.
Entonces, ahí estaba él. Jonathan Morgenstern, a quien todo el mundo llamaba Sebastián—una figura sacada de un cuento de hadas, una historia contada para asustar a los niños, cobrada vida. El hijo de Valentine.
Emma puso una mano en la parte trasera de la cabeza de Tavvy, presionando su cara contra su hombro. No podía moverse. Se sentía como si dirigiese los pesos que se estaban apegados a sus pies. Todos alrededor de Sebastian eran Cazadores de Sombras en rojo y negro, y figuras en capas oscuras —¿También eran Cazadores de Sombras? No podía decirlo —sus rostros estaban escondidos, y ahí estaba Mark, sus manos sosteniéndose detrás de la espalda por un Cazador de Sombras vestido de rojo. La daga yacía a sus pies, y había sangre en sus ropas de entrenamiento.
Sebastian levantó una mano y dobló un largo dedo blanco.
—Traedla, —dijo él; hubo un susurro en la multitud, y el Señor Blackthorn dio un paso adelante, llevando a Katerina con él. Ella estaba asustada, golpeándole con las manos, pero él era demasiado fuerte. Emma observó con creciente horror como el Señor Blackthorn la empujaba sobre las rodillas.
—Ahora, —dijo Sebastian en una voz como la seda—, bebe de la Copa Infernal, —y forzó el borde de la copa entre los dientes de Katerina.
Ahí fue cuando Emma averiguó lo que era el ruidoso aullido que había escuchado antes. Katerina intentaba liberarse, pero Sebastian era demasiado fuerte; atoró la copa para pasar por los labios de ella, y Emma la vió jadear y tragar. Se apartó, y esta vez el Señor Blackthorn se lo permitió; él estaba riendo, al igual que Sebastian. Katerina cayó al suelo, su cuerpo en espasmos, y de su garganta salió un solo grito —peor que un grito, un aullido de dolor como si su alma estuviese siéndole arrebatada del cuerpo.
Una risa fue alrededor de la habitación; Sebastian sonrió, y había algo horrible y hermoso en él, de la forma que había algo horrible y hermosos sobre las serpientes venenosas y los grandes tiburones blancos. Estaba flanqueado por dos acompañantes, fue consciente Emma: una mujer con un canoso pelo castaño, un hacha en sus manos, y una alta figura completamente envuelta en una gabardina negra. Ninguna parte de él era visible excepto las oscuras botas que mostraban el dobladillo debajo de la gabardina. Solo el peso y la respiración le hacían pensar que era un hombre.
—¿Es este el ultimo Cazador de Sombras aquí? —Preguntó Sebastian.
—Ahí está el chico, Mark Blackthorn, —dijo la mujer de pie a su lado, levantando un dedo y señalando a Mark—. Debería ser lo suficientemente mayor.
Sebastian miró a Katerina, quien había parado de espasmear y yació tranquila, su pelo negro entrelazado por su rostro.
—Levántate, hermana Katerina, —dijo él—. Ve y tráeme a Mark Blackthorn.
Emma observó, arraigada en el lugar, como Katerina se ponía lentamente de pie. Katerina había sido la tutora en el Instituto durante tanto tiempo como Emma podía recordar; había sido su profesora cuando Tavvy había nacido, cuando la madre de Jules había muerto, cuando Emma había comenzado su primer entrenamiento físico. Le había enseñado lenguajes, limitar los cortes, alivió los arañazos y les dio sus primeras armas; había sido como la familia, y ahora ella avanzaba, con los ojos en blanco, a través del caos del suelo y extendía el brazo para sujetar a Mark.
Dru dio un jadeo, trayendo de golpe a Ema de regreso a la conciencia. Emma giró, y situó a Tavvy en los brazos de Dru; Dru se tambaleó un poco y entonces se recuperó, cogiendo con fuerza a su hermano bebé.
—Corre, —dijo Emma—. Corre a la oficina. Dile a Julian que estaré ahí.
Algo de la urgencia en la voz de Emma se comunicó; Drusilla no discutió, solo apretó a Tavvy con más fuerza y huyó, sus piececitos desnudos sin hacer ruido sobre los suelos de los pasillos. Emma volvió a mirar abajo al desenvuelto horror. Katerina estaba detrás de Mark, empujándolo adelante, una daga presionada en el espacio entre sus amplios hombros. Él se tambaleó y casi tropezó adelante frente a Sebastian; Mark ahora estaba cerca de las escaleras, y Emma podía ver que había estado luchando. Había heridas defensivas en sus muñecas y manos, cortes en su rostro, y sin duda ahí habría sido el momento para las runas de curación. Había sangre por toda su mejilla derecha; Sebastian lo miró, los labios curvándose en proclamación.
—Este no es del todo Nefilim, —dijo—. Parte hada, ¿estoy en lo cierto? ¿Por qué no fui informado?
Hubo un murmullo. La mujer de pelo castaño dijo:
—¿Eso significa que la Copa no funcionará en él, Lord Sebastian?
—Significa que no lo quiero, —dijo Sebastian.
—Podemos llevarlo al vate de la sal, —dijo la mujer de pelo castaño—. O a los altos lugares de Edom, y sacrificarlo ahí por el placer de Asmodeus y Lilith.
—No, —dijo Sebastian lentamente—. No, no sería sensato, creo, hacer eso a alguien con la sangre de la Corte de las Hadas.
Mark le escupió.
Sebastian lo miró sorprendido. Se giró hacia el padre de Julian.
—Ven y sujétalo, —dijo—. Hiérele si lo deseas. Debería tener solo mucha paciencia con tu hijo de media semilla.
El Señor Blackthorn dio un paso adelante, sosteniendo un sable. La hoja estaba ya manchada con sangre. Los ojos de Mark se ampliaron con horror. La espada se levantó…
El cuchillo cayendo dejó la mano de Emma. Voló por el aire, y se enterró en el pecho de Sebastian Morgenstern.
Sebastian tropezó hacia atrás y la espada en la mano del Señor Blackthorn cayó a un lado. Los otros estaban sollozando; Mark se precipito a ponerse de pie mientras Sebastian miraba la espada en su pecho, el mango saliendo de su corazón. Frunció el ceño.
—Ouch, —dijo y liberó el cuchillo. La espada estaba resbaladiza con sangre, pero Sebastian parecía sin preocupación por la herida. Lanzó el arma a un lado, mirando arriba. Emma sintió esos oscuros y vacíos ojos en ella, como el toque de dedos fríos. Le sintió tomar medida de ella, sopesarla y conocerla, y descartarla.
—Es una pena que no vivirás, —le dijo a ella—. Vivir para decir a la Clave que Lilith me ha fortalecido más allá de toda medida. Tal vez Gloriosa terminará con mi vida. Una misericordia para los Nefilims que no tienen más favores que puedan pedir al Cielo, y ninguno de los débiles instrumentos de guerras que forjan en sus Ciudadelas de Adamante pueden herirme ahora. —Se giró hacia los otros—. Matad a la chica, —exigió, golpeando a su ahora sangrienta chaqueta con repugnancia.
Emma vió a Mark lanzarse hacia las escaleras, intentando llegar a ella primero, pero la oscura figura al lado de Sebastian ya había sujetado a Mark y estaba atrayéndolo hacia abajo con las manos enguantadas de negro; esos brazos fueron alrededor de Mark, le sostuvieron, casi como si estuvieran protegiéndolo. Mark estaba en puros, y entonces fue perdido de la vista de Emma mientras los Oscurecidos subían por las escaleras.
Emma dio la vuelta y corrió. Había aprendido a correr en las playas de California, donde la arena se movía bajo sus pies con cada paso, al continuar en un suelo solido mientras era tan rápida como el viento. Se precipitó por el pasillo, su pelo volando detrás de ella, saltó un pequeño conjunto de escalones, viró a la derecha, y se metió en la oficina. Golpeó la puerta detrás de ella y arrojó la cerradura antes de girarse para mirar.
La oficina era una habitación de gran tamaño, las paredes alineadas con libros de referencia. Había otra biblioteca en la planta superior también, pero esta era donde el Señor Blackthorn había llevado el Instituto. Había un escritorio de caoba, y sobre él dos teléfonos: uno blanco y otro negro. El recibidor estaba fuera del gancho del teléfono negro, y Julian estaba sosteniendo el mango, gritando por la línea:
—¡Tenéis que mantener el Portal abierto! ¡Aún no estamos a salvo! ¡Por favor…!
La puerta detrás de Emma tronó e hizo eco mientras los Oscurecidos se agolpaban contra ella; Julian miró arriba con alarma, y el recibidor cayó de sus dedos mientras vió a Emma. Ella le devolvió la mirada, y lo pasó, hacia donde toda la pared oriental estaba brillando. En el centro había un Portal, un agujero de forma rectangular en la pared por la cual Emma podía ver formas plateadas girando, un caos de nubes y viento.
Se tambaleó hacia Julian, y él al cogió por los hombros. Sus dedos agarraron su piel con fuerza, como si no pudiese creer que ella estuviese ahí, o real.
—Emma, —exhaló, y entonces su voz retomó la velocidad—. Em, ¿dónde está Mark? ¿Dónde está mi padre?
Ella sacudió la cabeza.
—No pueden… no pude… —tragó—. Es Sebastian Morgestein, —dijo, y brincó cuando la puerta tembló de nuevo bajo otro asalto— tenemos que regresar por ellos… —dijo, girándose, pero la mano de Julian ya estaba alrededor de su muñeca.
—¡El Portal! —girtó sobre el sonido del viento y el martilleo de la puerta—. ¡Va a Idris! ¡La Clave lo abrió! Emma… ¡va a permanecer abierto durante otros pocos segundos!
—¡Pero Mark! —dijo ella, aunque no tenía ni idea de lo que podían hacer, como podían luchar por su camino para pasar a los Oscurecidos amontonándose en el pasillo, como podían luchar contra Sebastian Morgenstern, quien era más poderoso que cualquier Cazador de Sombras normal—. Tenemos…
¡Emma! —gritó Julian, y entonces la puerta se abrió y los Oscurecidos irrumpieron en la habitación. Escuchó a la mujer de pelo castaño gritar detrás de ella, algo sobre que los Nefilim arderían, todos arderían en las llamas de Edom, arderían, morirían y serían destruidos…
Julian fue corriendo hacia el Portal, llevando a Emma por una mano; después de otra aterrorizada mirada detrás de sí, ella le permitió tirar de ella. Se agachó cuando una flecha los pasaba y golpeaba contra una ventana a su derecha. Julian la agarró frenéticamente, envolviendo los brazos alrededor de ella; ella sintió sus dedos amarrados a la parte trasera de su camisa mientras caían dentro del Portal y eran tragados por la tempestad.




[1] Mark en castellano es marca. Julian está usando un juego de palabras para molestar a Mark.

15 comentarios:

  1. Ya quiero leer el libro completo!!!!! Gracias por la traducción c:

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  2. Quiero leer el libro completooo!!! Que emoción

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  3. Una pregunta .. El codex, ¿ustedes también lo traducirán y lo publicarán?

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    1. Ya estamos haciendo eso. Lo que pasa es que en un principio queriamos tener las descargas juntas pero debido a la traducción pirata que anda circulando por ahí vamos a centrarnos más en CoHF que en el Codex.

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  4. muchas gracias!!!!!! ya quiero leerlo

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  5. OMG me he quedado sin palabras, esto es impactante lo que ha conseguido que me desespere más la espera de que salga a la venta en España.Adoro a Cassie.
    Gracias por el adelanto.

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