domingo, 9 de marzo de 2014

Adelanto Contagious (The Contagium #1)

Capítulo 1

Traducido por Apolineah17

Tropecé en mi camino hacia las desgastadas escaleras alfombradas del pequeño apartamento de la tía Jenny. Era la una y media de la mañana y estaba ebria. Mi mano se resbaló de la perilla de la puerta más de una vez, dándome cuenta de que estaba cerrada, dejé caer mi bolso, así podría rebuscar a través del revoltijo por mis llaves. Finalmente las saqué del fondo. Me tambaleé cuando me puse de pie, balanceándome en mis zapatos negros de tacón. La puerta se abrió justo cuando alcancé la cerradura.

—¡Orissa! —gritó tía Jenny, su mano volando hacia su pecho.

—Lo siento —murmuré.

—Está bien —respiró, aliviada—. Simplemente no te esperaba tan temprano. Bueno, temprano para ti. —Ecos amortiguados de voces furiosas flotaban por el pasillo—. Han estado en eso toda la noche —suspiró y me hizo entrar.

—¿Has estado esperando por mí? —le pregunté, mientras temblorosamente me quitaba los zapatos.

—Sí, bueno, no. Te dije que no iba a vigilarte. Pero me preocupo.

—Puedo cuidar de mí misma.

—Oh, claro. Y tú misma puedes salir en libertad bajo fianza de la cárcel.

Miré a tía Jenny. —Eso fue hace más de un mes. ¿No podemos olvidarlo?

—Sí, lo siento. —Negó con la cabeza—. Sin embargo, deberías haberme llamado. Habría ido a recogerte.

Me encogí de hombros. —Gracias. Tal vez la próxima vez. —Tropecé con el sofá otomano(1) mientras cruzaba la pequeña sala de estar.

—¿Tuviste suficiente? —preguntó, con un toque de risa en su voz.

—Yo —comencé, de pie con la espalda recta—, estaba haciendo mi parte para estimular la economía. —Bueno, estaba haciendo mi parte para asegurarme de que otros estimularan la economía. Mi dinero no había pagado por nada del licor del que había bebido.

—Debería haber abierto un bar —bromeó tía Jenny. Recogió sus platos de la mesa de café—. ¿Al menos te divertiste?

—Sí. Sacudí el karaoke. Y conseguí dos números.

—¿Dos?

Sonreí y asentí.

Tía Jenny se rió y negó ligeramente con la cabeza.

—¿Cómo es que llegaste temprano a casa?

—Hubo una pelea —solté abruptamente, mi lógica estaba apagada debido al exceso de alcohol. Siempre había peleas en los bares. Pero esta pelea fue… diferente. Yo había hablado con él, el chico alto de la camisa azul, antes de que tuviera una crisis nerviosa. Nadie supo qué la causó, pero de repente sus manos se envolvieron alrededor de la garganta del portero. Se necesitaron tres chicos para sacarlo. Camisa azul estaba farfullando, gritando y arañando; él incluso trató de morder al hombre. Me fui de ahí justo cuando la policía se presentó. Desde el estacionamiento los vi electrocutar a camisa azul para someterlo—. Y mi estómago duele —Me encubrí, no queriendo discutir la pelea.

—¿Tu estómago duele? —Tía Jenny levantó una ceja con incredulidad.

—Sí, debo de haber trabajado demasiado duro. —Puse mi mano sobre mi lado derecho—. Me siento un poco mareada, así que me voy a dormir.

—Está bien, buenas noches. Recuerda que trabajo en la mañana, así que te veré después, ¿verdad?

—Sí. Buenas noches. —Serpenteé mi camino hacia mi diminuta habitación. Me quité la ropa y me desplomé sobre la cama. Demasiada cansada para ducharme, me quedé dormida, y no desperté hasta después de las diez de la mañana siguiente. Me invadieron unos mareos cuando me senté. Pensando que sólo necesitaba un gran vaso de agua y algo de comida, me obligué a salir de la cama. No llegué a la cocina. En cambio, me desvié hacia el baño, me incliné y vomité. No había bebido tanto, ¿lo había hecho?

Llegué débilmente al sofá, con mi costado derecho doliendo. —Nunca tomaré de nuevo —le dije a Finickus, el blanco y gordo gato de tía Jenny. Encendí la televisión, navegando a través de los canales que estaban hablando acerca de los recientes brotes de violencia o la Segunda Gran Depresión. Me dejé llevar dentro y fuera del sueño, sin querer moverme o comer, hasta que tía Jenny llegó a casa esa tarde.

—¿Estás bien, Orissa? —preguntó cuando rechacé un sándwich de queso a la parrilla.

—Sí. Sólo que no me siento muy bien.

Ella frunció el ceño, dejó a medio comer el sándwich y se arrodilló junto al sofá. Presionó la mano sobre mi frente y me dijo que tenía fiebre. Me encogí de hombros, ya que beber aumentaba la temperatura; no era la gran cosa. Cuando me preguntó si mi costado aún seguía doliendo y le dije que sí, frunció el ceño con preocupación.

—¿Qué? —pregunté, sentándome demasiado rápido.

—Creo que tienes apendicitis.

—No —de inmediato estuve en desacuerdo—. Sólo me excedí anoche.

Ella asintió con la cabeza y regresó a su cena. Traté de volverme a dormir. El dolor era cada vez peor y para ese momento me sentía enferma. Una hora después, tía Jenny insistió en que me hiciera un análisis de sangre. Gemí, sabiendo que probablemente tenía razón.

No tomó mucho tiempo llegar al hospital. Hasta ahora tenía que estar en este lado de la ciudad y estaba más que un poco sorprendida por la cantidad de anuncios de “en quiebra” colgando las ventanas. Sabía que muchos estaban en apuros ante esta Depresión, pero tenía la impresión de que las grandes ciudades como Indy lo estaban haciendo bien.

Estaba equivocada.

Sin embargo, el hospital lo estaba haciendo muy bien. Las ciudades más pequeñas que no podían darse el lujo de mantener sus propios hospitales acudían aquí. La sala de emergencias estaba tan llena que tuve que esperar más de una hora sólo para ver mi maldita sangre siendo extraída. Enojada, con náuseas y cansada, me negué a ponerme la estúpida bata de papel. Mi enfermera era una anciana y no hizo falta una percepción extrasensorial para percibir que ella quería irse desesperadamente. Quería decirle que lo superara y que agradeciera que al menos tenía un trabajo. El ver las agujas en su mano me hizo cambiar de opinión.

—No hay ninguna prueba de sí o no —explicó, cuando regresó con los resultados una hora después—. Tu conteo de glóbulos blancos está alto, así que es probable que necesites que tu apéndice sea extirpado.

—¿Probable? ¿Quieres decir que podrían cortarme, abrirme y darse cuenta de que no necesito que lo extirpen?

—Sí. Es posible. De todos modos, la mayoría de los cirujanos probablemente lo retiren.

—Fantástico. —No tenía seguro médico y estaba segura como el infierno de que no quería pagar una cirugía que podría no necesitar.

—Ponte esto —dijo ella bruscamente, arrojando una fea bata sobre mi cama. Rodé los ojos pero accedí, con ganas de terminar con todo esto… en ese momento tenía mucho dolor. Me cambié justo a tiempo para que mi malhumorada enfermera me llevara a cirugía. Miré con curiosidad por el hospital mientras ella me llevaba por el pasillo. Hice contacto visual con un hombre alto, de cabello negro mientras él salía de una habitación. Fui instantáneamente atraída por sus grandes ojos azules. Él me sonrió cortésmente, revelando unos dientes perfectamente blancos. Estaba tan fascinada por su belleza que apenas me di cuenta de la ropa quirúrgica verde y la bata que llevaba puesta. Si él era mi médico, la cirugía podría no ser tan mala después de todo.

Tenía la boca seca. Mi cabeza estaba confusa. No sabía por qué sentía tanto dolor o dónde estaba. Mis ojos no se abrían, así que escuché y no oí nada. Cada respiración me llevó un esfuerzo y traté de pedir ayuda. Pero nadie vino. Sentí que pasaron horas antes de que me quedara nuevamente dormida. Cuando desperté por segunda vez, una enfermera joven de piel oscura estaba ajustando mi intravenosa.

—¡Buenos días, Orissa! —dijo alegremente—. La cirugía salió bien.

—¿Realmente lo tuvieron que sacar? —Maldita sea, a pesar de que despertaba de una cirugía, el dinero seguía siendo mi preocupación principal.

—Sí. Estaba cerca de reventar —me informó.

—Oh. Bien, supongo.

—Tu mamá está esperando afuera, ¿quieres que vaya por ella ahora?

—¿Mi mamá?

—Pequeña, de cabello castaño y corto… ¿no es ella?

—No. Ella es mi tía. Sí, ella puede entrar.

Tía Jenny entró con un jarrón lleno de flores. Quería mirarla y decirle que era un desperdicio de dinero, pero sólo sonreí, demasiado débil para discutir. Habló con un poco de entusiasmo, asegurándose de que todo estaba bien. Prometió que volvería después del trabajo a pesar de que le dije que estaría bien por mi cuenta. El hospital tenía televisión por cable, después de todo.

Con la medicación para el dolor, los siguientes cuatro días de estancia en el hospital pasaron rápido. Alcancé a ver al doctor caliente de nuevo cuando me iba, deseando que hubiera llevado mi ropa de bar en vez de pantalones de pijama color púrpura. Por los siguientes cinco días, no hice nada más que dejar caer mi culo en el sofá o en la cama. Ya que no había nuevos programas siendo transmitidos, me entretuve viendo repeticiones de Family Guy(2), pasando a los canales de noticias durante los comerciales.

Tuve pesadillas sobre las emisiones que había visto reportando un enorme aumento en las muertes inexplicables y los pequeños estallidos de violencias, aparentemente aleatorios, en todo el país. Amigos se volvían en contra de amigos y uno de los testigos describió el comportamiento de los atacantes como el del chico de la camisa azul. Me asusté y me sentí muy contenta de haber insistido en tomar clases de artes marciales, en vez de ballet, como mi madre quería.

Un poco más de dos semanas después me obligué a mí misma a salir de la cama. Poco a poco limpié el apartamento. Incluso hice pan de plátano con los oscuros plátanos que había olvidado en la parte superior de la nevera. Tenía una cita de seguimiento en el hospital a las dos y media. No me había vestido con nada más que pijamas, arreglado mi cabello, o utilizado maquillaje en las últimas dos semanas. Decidiendo que poner un esfuerzo en mi apariencia me ayudaría a animarme, me puse mis vaqueros ajustados favoritos, una camisa negra que mostraba mi abdomen con una chaqueta de cuero marrón encima. Cambié los tacones que inicialmente me había puesto por un par de botas planas y altas de cuero. Ya que no estaba tan lejos decidí caminar; a mitad del camino me sentí tan agotada que gasté mi dinero extra en un taxi.

Sintiéndome irritada por el dolor, me apresuré a decir la dirección a donde tenía que ir. Odiaba los elevadores; siempre tuve miedo de quedarme atrapada. Y el hospital estaba lleno de gente—más lleno de lo normal. Todo lo que hacía falta era quedarme atrapada dentro de una caja llena de demasiados extraños. A pesar de mi dolor, tomé las escaleras. Iba lento, estaba tan concentrada intentando no admitir que me dolía que no lo vi. La sangre corría por una herida en su mejilla. Sus manos estaban atadas en su espalda por unas esposas, le dio un golpe en la cabeza a su escolta policial y locamente bajó por las escaleras.

Chocamos. Desesperadamente estiré el brazo hacia la barandilla—sin éxito. Él me llevó consigo y, cuando dejamos de caer, se inclinó sobre mí, babeando y gruñendo. Hubo gritos colectivos de pánico mientras le gente veía boquiabierta al lunático encima de mí. Las únicas cosas en mi poder eran mi bolso y una libreta. Mi bolso estaba en algún lugar debajo de mí, pero la libreta aún se aferraba a mi agarre mortal. Sin saber qué más hacer, le di una bofetada en la cara con la libreta, haciendo muecas ante la sangre y la saliva que salpicaron su cubierta.

Aunque no era mi primera opción de arma, funcionó. El hombre se sorprendió, dándome tiempo suficiente para darle un rodillazo en las bolas y rodar lejos de él. Me levanté de un salto y le di una fuerte patada en el costado, inmovilizándolo el tiempo suficiente para que el policía recuperara a su agresor. Retrocedí, mi visión borrosa. Una mano fuerte me agarró justo cuando me desmayaba. Recuerdo haber vistos su grandes ojos azules y su boca moviéndose, pero no podía recordar lo que dijo.

Me encontré en un consultorio. Mi bolso y mi libreta estaban en una silla al lado de la dura cama de espuma. Rígidamente me senté, recogí mis cosas y abrí la puerta.

—Espera, ¿a dónde crees que vas? —una profunda voz masculina preguntó con un acento seductor irlandés.

Me di la vuelta, no un movimiento inteligente en ese momento. La sangre se precipitó hacia mi cabeza y me sentí mareada de nuevo. El doctor con los hermosos ojos azules abrió los brazos, pensando que me desmayaría otra vez, pero me mantuve de pie. Él me llevó de vuelta a la habitación. Después de que estuve acostada en la incómoda cama, dijo, —Estuviste aquí hace un par de semanas por una cirugía, ¿verdad?

—Sí.

—¿Apendicetomía?

—Sí.

Con cuidado tocó mi costado. —¿Te duele?

—Es como si mi estómago hubiera sido rajado y parte de mis entrañas hubieran sido arrancadas. Por supuesto que duele.

Él se rió. —¿Duele más que antes de que te cayeras?

—No. —Me senté—. Antes también dolía. Pero mi espalda no lo hacía.

—Pareces estar sanando rápido —dijo, mientras inspeccionaba el lugar de la incisión—. Pero aun así me gustaría hacerte un par de pruebas más y hacerte una tomografía computarizada para asegurarme de que la caída no te causo daños. Podrías tener un sangrado interno. —Me miró a los ojos—. ¿Te golpeaste la cabeza?

—Uh, sí, creo. —Todo sucedió muy rápido. El chico descendiendo en picada por un tramo de las escaleras. La sangre, los gruñidos primitivos resonando en su garganta. También había algo más. Estaba en sus ojos, bueno, más o menos. Era más como que no había algo en sus ojos. Era como si toda su humanidad se hubiera ido y lo único que quedara fuera su crudo instinto animal. Forcé media sonrisa. Eso era algo muy estúpido de pensar. No hay manera de que me diera cuenta de eso a partir de los dos segundos que tuve para mirar al maníaco. —¿Qué pasó con ese chico?

—No estoy muy seguro —dijo el Dr. Ojos Azules, mirando al suelo. Estaba mintiendo—. Por qué no te cambias a una bata, yo iré a conseguir que te arreglen un escaneo inmediato. —Metió la mano en su bolsillo y sacó un frasco de pastillas. Llenó un vaso de papel con agua de una botella y me entregó las píldoras. Cerró la puerta y se fue. Asumiendo que las pastillas eran un fuerte analgésico, las metí en mi boca, deseando que hicieran efecto de inmediato. Doblé cuidadosamente mi ropa en la silla y me puse la estúpida bata. Por lo menos esta bata era más resistente que la anterior.

Para evitar sentirme asustada, hurgué en los cajones hasta encontrar toallas de papel. Usando desinfectante para manos, limpié los secos fluidos corporales de la libreta. Cuando estuve satisfecha de que estaba lo suficientemente limpia, me senté y la abrí, pasando nostálgicamente las páginas.

Alguien gritó.

Me sobresaltó y brinqué. Los rápidos movimientos dañaron mi estómago en recuperación. Otro grito fue seguido por una fuerte explosión. A mitad de la tentación de levantarme y ver qué estaba pasando, me recordé a mí misma que esto era un hospital y que los gritos probablemente no eran poco frecuentes.

Regresé a la primera página de mi libreta, sonriendo ante lo que estaba leyendo. Estaba empezando a sentir algo de sueño por las pastillas; mi mente se sentía bien y mis músculos estaban relajados. Entonces, de repente, algo cayó al suelo afuera de la puerta. Alguien gritó de nuevo: un largo y desgarrador grito de una película de terror. Y luego un arma fue disparada.

Se me heló la sangre. ¿Qué demonios? Agarré fuertemente la libreta y tragué. Los gritos comenzaron de nuevo, esta vez provenientes de varias personas. Tres disparos consecutivos pusieron fin a sus gritos. Escuché más gritos de pánico mientras la gente corría de un lado a otro del pasillo. Lo que sonaba como objetos pesados cayendo al suelo. Tiré la libreta a un lado y cuidadosamente puse mis piernas en el borde de la cama. Poco a poco, me acerqué a la puerta.

Algo empujó contra ella y me tiró. Dolor irradió a través de mi costado y temí que me hubiera rasgado los puntos. Lo olí antes de que el agudo pitido lo confirmara: humo. Necesitaba salir, incluso si eso significaba enfrentar lo que estaba allí afuera. Agarré la fría y redonda perilla de metal y le di vuelta. La puerta no se abrió; algo había caído enfrente de ella, bloqueándola. Estaba encerrada. El humo salía desde las rejillas de ventilación. El pánico se elevó en mi pecho. Desesperadamente, golpeé mi cuerpo contra la puerta. Cada movimiento dolía pero necesitaba salir de esta habitación si quería vivir. Una y otra vez, intenté forzar la puerta para que se abriera. Mi visión estaba borrosa. Mis piernas doblaban. —Mierda —solté, deseando no haber tomado las pastillas para el dolor. Luego perdí el conocimiento.

Fueron las sirenas de emergencia las que me despertaron. Me senté, una migraña amenazando con tomar forma, y me di cuenta de que ya no estaba en el consultorio. Estaba en lo que parecía un sótano, acostada en un catre en el suelo. Dos reflectores de apoyo eran la única fuente de iluminación. Estaba rodeada de muchas otras personas, pacientes, por el aspecto que tenían. Niños lloraban a la derecha junto con el sonido de las sirenas. Pasé mis manos a través de mi cabello tratando de darle sentido a lo que estaba sucediendo.

Era muy malo, de eso me di cuenta. Eso fue todo lo que conseguí, ya que la medicina seguía envenenando mis venas. Entonces lo vi, luciendo todo tranquilo y profesional en su ropa quirúrgica y bata de laboratorio. Un fuego ardía dentro de mí, lo que impulsó mi capacidad para levantarme. Traté de avanzar furiosamente hacia el Dr. Ojos Azules, pero me tambaleé en el camino.

—¡Tú! —Grité—. ¡Me drogaste! ¡Qué diablos está pasando! ¿Qué estás haciendo por nosotros?

Alarmado, se levantó y se alejó de la niña llorosa a la que estaba tranquilizando. —Cálmate, todo va a estar bien. —Puso su mano en mi brazo. Lo sacudí y lo empujé.

—¿Va a estar bien? ¿Qué, después de que quirúrgicamente nos pegues entre sí? ¡Sí, he visto El Ciempiés Humano(3), cretino!

Él cogió mis brazos. Traté de luchar contra él, pero estaba demasiado débil. Mi cabeza palpitaba y cualquier esfuerzo hacia doler mi costado.

—Cálmate y te lo explicaré —susurró—. Estás asustando a los demás más de lo que ya lo están.

—Ellos deberían tener miedo. ¡Él está tratando de matarnos! —Grité, capaz de liberarme de su agarre—. ¡Él nos va a matar!

—¡Silencio! ¡Van a escucharte!

—¡Bien! ¡Oye! ¡OYE! —Grité, esperando que alguien me escuchara. La señal de salida alzaba adelante como un espejismo. Si tan sólo pudiera salir, tal vez podría conseguir ayuda. Regresar y salvarlos a todos. El Dr. Ojos Azules me agarró de nuevo, esta vez con más fuerza. Me retuvo, diciéndome que me calmara una y otra vez. Aun así, luché. Podría estar débil y drogada, pero a la mierda, no iba a caer sin luchar.

—Lo siento —dijo, sin mirarme a los ojos.

Entonces sentí la aguja perforar mi piel.

Una vez más, me desperté de un sueño inducido por drogas. Esta vez me desperté con restricciones. No era la primera vez que ocurría, pero esto era muy diferente de mi noche salvaje con Danny Merdock. Una joven enfermera se sentó en el suelo a varios metros enfrente de mí. Se abrazó las rodillas, meciéndose lentamente de atrás hacia adelante.

—Hola —dije con voz ronca.

Ella se dio la vuelta, lágrimas corrían por su rostro.

—¿Qué… qué está pasando? —Me las arreglé para preguntar.

Negó con la cabeza. —Y habrá señales en el sol, en la luna, y en las estrellas; y sobre la tierra angustia en las naciones, por la confusión; el mar y las olas bramarán; los corazones de los hombres se debilitarán por el temor, y por la expectación de las cosas que sobrevendrán en la tierra: porque las fuerzas del cielo serán sacudidas. —Se dio la vuelta y volvió a mecerse.

Oh, no mucha ayuda allí. Jalé las restricciones, notando por primera vez que estaba conectada a una intravenosa. ¿Cuánto tiempo estuve fuera? Algo se movió a mi lado. Me volví para ver un pequeño par de ojos verdes mirándome.

—¿Puedo ayudarte? —Le pregunté a la niña. Tenía que ser no mayor de diez años.

—He estado esperando que te despertaras —dijo. Apretó un animal de peluche cerca de su pecho. Sus orejas estaban perforadas; los rosas zafiros apenas brillaban con la luz opaca. Su cabello y sus cejas se habían ido y estaba muy débil.

—¿Por qué?

—Pareces fuerte. Creo que nos puedes salvar.

—Tal vez. Sin embargo, necesitas desatar estas hebillas por mí. Entonces conseguiré que salgamos de aquí —mentí.

—No quiero irme de aquí.

—¿Por qué? —pregunté de nuevo.

—¡Aquí estamos a salvo! —susurró.

—¿A salvo? ¿A salvo de qué?

—Los monstruos. —Miró a su alrededor con nerviosismo. Fuertes pisadas la hicieron gritar y se alejó a toda velocidad.

Una sombra descendió sobre mi cama. —No vas a atacarme de nuevo, ¿verdad? —No había duda de ese acento irlandés.

—Obviamente no —repliqué.

—Promételo y te soltaré.

—¿Por qué, para que puedes drogarme de nuevo? —pregunté.

—No quiero hacerte daño —dijo y casi sonó sincero.

—Por favor. Entonces, ¿por qué más estoy atrapada en un sótano y atada a una cama?

—Déjame explicarte —dijo gentilmente.

—Explícalo.

Se sentó al pie de mi pequeña cama. —Estoy seguro de que has notado la violencia. —No esperó una respuesta antes de continuar—. Hay—había—unas cosas sobre ello que los médicos sabíamos y que tú—el público—no. El Centro de Control de Enfermedades nos pidió que lo mantuviéramos en secreto. No querían que nadie entrara en pánico. Dijeron que lo tendrían bajo control…

—¿Vas a ir al punto?

—El punto es que la violencia es causada por un virus.

Deseé que pudiera sentarme y mirar con desconfianza al Dr. Ojos Azules. No iba a comprar su mierda. —¿Un virus?

—Sí. —Él se giró para que pudiera mirarme a los ojos—. ¿Alguna vez has oído hablar de Phineas Gage?

—Sí —dije, haciendo un flashback a Psych 101—. El chico al que la barandilla del ferrocarril le atravesó la cabeza.

—Bien. ¿Y recuerdas qué es lo que era tan importante acerca de él?

—Uh, ¿qué vivió?

—Correcto, pero el daño en su cerebro hizo que su personalidad cambiara.

—Está bien, recuerdo esa parte. ¿Qué tiene que ver esto?

—El virus. Provoca daños en los lóbulos frontales…

—…Y entonces la gente se vuelve loca.

—Así es.

—Mierda. —Camisa azul, el hombre de las escaleras…—. Está bien, pero, ¿por qué estoy aquí abajo? Todavía no he decidido creer completamente en esa loca historia.

—Esta es la parte que lamento. —Bajó la mirada—. Estamos a salvo aquí. Todos los demás se fueron.

—¿Por qué se irían? —Mientras las palabras se deslizaban de mis labios, me di cuenta de la respuesta. Si realmente hubiera algún virus haciendo locas a las personas, todos se irían. Sería un pánico masivo, justo como en las películas—. No importa.

—Soy Padraic Sheehan —dijo, levantándose y desamarrando las correas. En un rápido tirón, la intravenosa fue sacada de mi vena.

—Orissa. —Me senté y me froté las muñecas, examinando la habitación. Definitivamente estábamos en un sótano. Había varias camas, un par de catres, y sobre todo mantas esparcidas por la habitación. Suministros médicos antiguos, sillas de ruedas rotas, y cajas polvorientas atestaban la habitación ya llena. Las personas que ocupaban las camas improvisadas estaban hechas polvo, por no decir más. Un puñado estaban conectadas a máquinas, muchas estaban vendadas y otras parecían demasiado viejas para moverse. En la esquina, una pareja se sentó junta y acurrucada, sosteniendo a su nuevo bebé. Tenía que saber por qué estábamos aquí—. ¿Por qué no te vas?

Padraic me sonrió suavemente. —No podía dejar a mis pacientes —dijo. Un anciano unas camas más allá de la mía empezó a respirar con dificultad. Padraic se levantó y se apresuró hacia él, haciendo todo lo posible para aliviar el dolor del hombre. Tratando de comprender la poca información que me habían dado, pasé mi mirada sobre cada persona en la habitación. Parecía haber otro médico: una anciana de cabello gris que caía en la categoría de “demasiado vieja para operar” y tres enfermeras. Conté cuarenta y siete pacientes, incluida yo misma y excluyendo al bebé.

La niña estaba de regreso. Dejó su gato de peluche sobre mi cama y me miró de nuevo.

—Soy Zoe —dijo.

—Hola Zoe. Soy Orissa.

—Ese es un bonito nombre —dijo, subiéndose a mi cama.

Me encogí de hombros. —Es una ciudad en la India.

—¿Tú naciste allí?

—No. Allí fui concebida.

—¿Qué significa eso?

—Significa que mis padres estaban en la India cuando—ya sabes, no importa. Lo sabrás cuando crezcas.

—No pareces enferma.

—No, no lo estoy realmente, supongo. Tuvieron que sacar mi apéndice.

—Eso suena doloroso.

— No, no fue tan malo —le juré.

—¿Tu mamá y tu papá también se fueron? —preguntó. Levantó a su gato y lo puso en la cama.

—Ellos se fueron hace mucho tiempo. —Bueno, eso era parcialmente cierto. Realmente fue mi decisión quedarme atrás—. Zoe, ¿has visto a los monstruos?

Ella asintió y abrazó a su gato.

—¿Puedes decirme cómo se ven? —pregunté con cuidado.

—Parecen personas, porque eso es lo que son. Pero quieren comer cerebros.

—Oh, gracias. —Esta niña obviamente había visto muchas películas de terror. Necesitaba hablar con un adulto, preferiblemente uno que hubiera visto a los “monstruos”. También necesitaba mi ropa.

Una mujer de mediana edad se acercó a nosotras. Estaba vestida con ropa quirúrgica color rosa y con una camisa con estampado de mariposa.

—Oye, Zoe-Boey. ¿Qué estás haciendo?

—¡Hola Hilary! Estoy hablando con Orissa. Ella aún no ha visto a los monstruos.

—Ah. Esperemos que nunca lo haga. ¿Ya has comido? —Cuando Zoe negó con la cabeza, Hilary le dio instrucciones para encontrar a Jason y cenar. Sin darme la oportunidad de formular preguntas, Hilary me llevó a un pequeño y sucio baño. Funcionaba, me aseguró, aunque el agua de la ducha nunca se puso caliente. Ciertamente se sentía bien estar limpia. De mala gana me puse nuevamente la bata del hospital, feliz de que Hilary me hubiera dado un par de pantalones quirúrgicos manchados de lejía para ponerme debajo de ella, y pisando suavemente hice mi camino de regreso a nuestro pequeño grupo.

Un adolescente me dio un sándwich y fue sólo cuando vi el blanco y plano pan que me di cuenta de lo hambrienta que estaba. Me lo tragué, tomándome la botella de jugo de manzana que venía con él. Sorprendentemente estaba cansada, pero dormir podía esperar; primero necesitaba respuestas. Busqué a Padraic, quien estaba cambiando un vendaje ensangrentado de un hombre con cabello color arena. Él me vio esperando y asintió con la cabeza en reconocimiento. Me retiré a mi cama, la cual en realidad era una camilla y me senté. Unos minutos más tarde, Padraic se unió a mí.

—Tienes que decirme más —le rogué.

—No sé mucho más.

—Entonces dime lo que sabes.

—Está bien. —Asintió con la cabeza—. Hace unas semanas empezamos a ver extraños casos aislados de lo que parecía ser un comportamiento psicótico. Al mismo tiempo, un número alarmante de gente vino quejándose de dolores de cabeza y murió alrededor de veinticuatro horas después de su admisión. En ese momento no vimos la conexión. Ahora sabemos que es el mismo virus. Parece hacer tres cosas: volverte loco, matarte, o no hacerte nada.

—¿Cómo se contagia?

—Todavía no se sabe con certeza. Supongo que a través del agua. Comenzó en la costa oeste y ahora está aquí.

Mi corazón se cayó en un pozo sin fondo. —¿Es en todo el país?

—Sí.

—¿Cu..cuánto tiempo estuve fuera?

—Casi tres días —admitió, sonando avergonzado.

—¿Qué demonios, Padraic? —Me levanté de un salto de la camilla, haciendo una mueca de dolor—. ¿Por qué? —Él agitó su mano hacia mí—. Es por eso. Pensé que te daría tiempo para sanar. Pareces ser una guerrera. No creí que habrías descansado.

—Tienes razón, ¡no voy a descansar! —Me le quedé viendo, por una vez en mi vida, incapaz de encontrar algo que decir. Suspirando, me senté de nuevo—. Háblame de estos “monstruos”.

—Aparece de repente, con muy pocos síntomas. La víctima puede parecer agitada o enojada, pero después ellos—simplemente se rompen —chasqueó los dedos— así. Y ya no son humanos. Son como un perro rabioso.

—¿Existe una cura?

Sus ojos azules se encontraron con los míos. —No, sólo hemos sido capaces de hacerle autopsia a unos cuantos cuerpos antes de que el Centro para el Control y Prevención de Enfermedades se los llevara, pero el virus mata por completo las partes del cerebro.

—Entonces, ¿cómo es que están vivos?

—Parece que el virus no afecta de inmediato las partes del cerebro que controlan las destrezas básicas como respirar y comer. Todos los aspectos de humanidad: impulsos, memoria y emoción se van. Las víctimas nunca son iguales y nunca lo serán. El virus los convierte en monstruos furiosos y enojados.

—¿Y entonces qué?

—El sistema nervioso comienza a dejar de funcionar. Sin embargo, no he visto a nadie que haya tenido el virus por mucho tiempo.

—Encantador.

—¿Estás bien, Orissa? Esta es una gran cantidad de información para asimilar de una sola vez.

—Sí —dije rápidamente—. No soy ajena a las cosas horribles.

—Si tú lo dices.

—¿Cuántas? —Pregunté de repente.

—¿Cuántas qué?

—¿Cuántas personas se infectaron?

—No estoy seguro. Después del brote, todo el mundo entró en pánico. Nos dijeron que deberíamos permanecer en nuestras casas y que las autoridades locales enviarían autobuses para ponernos en cuarentena.

—Pero sabías que no se llevarían a los enfermos y a los heridos —dije con amargura.

—Así es.

—¿Así que te quedaste?

—Sí.

—¿Con el grupo que va a morir?

Él entrecerró un poco los ojos. —Tú no sabes eso. No todos aquí están a punto de morir.

Miré alrededor de la habitación una vez más. Es cierto, había varias personas que como yo, estaban en vías de recuperación. Unos pocos más no parecían enfermos o heridos en absoluto. Tal vez estaban aquí con alguien, eran miembros de su familia y no podían soportar la idea de dejarlos atrás.

—¿Podría alguno de nosotros estar infectado? —Pregunté, ansiosa de escuchar una respuesta.

—No. Ha pasado tiempo suficiente; lo habríamos sabido para ahora. Mi conjetura es que la mayoría de nosotros somos resistentes al virus.

—Bien. —Torcí nerviosamente una sección de mi cabello oscuro entre mis dedos—. ¿Y cuál es el plan?

—Sobrevivir.

—Ya lo sé. Sin embargo, no podemos permanecer en este sótano para siempre.

—Tenemos comida que nos durará…por un rato. Mientras los generadores funcionen, lo que está en los congeladores nos sacará del apuro. El almacenamiento de la cafetería está aquí abajo.

—¿Y cuándo la comida se acabe?

—Espero que alguien venga a rescatarnos para entonces.

—Esperemos que si —muy a mi pesar estuve de acuerdo.

La habitación en la que dormíamos era bastante segura. Estaba oscura y cavernosa, sin embargo, tenía una salida y una pesada puerta metálica protegiéndola. Para llegar a la reserva de alimentos teníamos que caminar por un oscuro pasillo pasando la sala de las calderas. Para conservar la poca energía que nos quedaba, todas las luces innecesarias habían sido apagadas. Nunca nadie iba a buscar alimentos solo. Jason, un chico de dieciocho años, había asumido el papel de guardia de patrullaje. Armado con una pieza torcida de metal, se aseguraba de que la costa estuviera despejada. Por lo que todos sabían, nuestro pequeño grupo se había dirigido al sótano sin ser seguido, cerrando las puertas principales antes de que alguien tuviera la oportunidad de entrar.

Sonja, la hermana menor de Jason, había asumido el puesto de mantener en alto la moral. Organizaba actividades para los niños y hacia todo lo posible para entretenernos a nosotros. Por la siguiente semana, me permití a mí misma desvanecerme en el ambiente. Todavía estaba débil, mi cuerpo aún dolía. No quería pensar en nada ni en nadie. No quería preguntarme qué había sido de tía Jenny. Le mentí a Padraic acerca del dolor, así que me dio más morfina. Si no estaba durmiendo, estaba hablando con Zoe. Ella ideó una especie de juego de narración de historias donde nos alternábamos para agregar palabras a una especie de relato épico. Tal vez estaba en shock. Tal vez la verdad de la cuestión no me había alcanzado ya que no había visto nada de ello. Mientras que otros lloraban y rezaban, yo me sentaba tranquilamente, apegada a mi rutina de comer el desayuno, hacer la poca yoga que mi cuerpo podía manejar y conseguir mi dosis de morfina.

Esa noche, Megan y Heath, su hijo recién nacido, no dejaban de llorar. Nadie podía culparla a ella o al bebé, pero ella se disculpó una y otra vez. Estaba tratando de obligarme a mí misma a quedar inconsciente cuando lo escuché. La gruesa puerta de metal bloqueaba la mayor parte del sonido. Me senté, cerrando los ojos. Sí, sabía que lo oí.

—¡Hay alguien allí afuera! —susurré—. ¡Shhh! —Agregué, cuando los murmullos ansiosos estallaron. Algunos pensaron que era una misión de rescate o que estábamos salvados. Otros, yo misma incluida, no confiábamos en lo que había del otro lado de la puerta.

Entonces tocaron.

—¿Hola? —una voz femenina llamó—. ¿Hay alguien ahí?

Jason y Padraic lentamente abrieron la puerta. Se miraron el uno al otro y asintieron con la cabeza, haciéndose a un lado para dejar que dos niñas andrajosas cojearan hacia el interior. Una estaba sucia y agotada, pero la otra estaba sana y salva. Ella ayudó a su amiga ensangrentada a caminar. Hilary corrió, llevando a la niña lesionada al baño para lavar sus heridas.

Parecía ser la única que no confiaba en ellas. Forasteras, pensé, no sabíamos nada de ellas, pero los demás las veían como héroes, sobrevivientes. Rebecca y su herida amiga Karli traían noticias del exterior. No era algo que alguno de nosotros quisiera oír.

Ellas suponían que alrededor de la mitad de la población había sido evacuada. La otra mitad no tuvo tanta suerte. Pensaban que más de la mitad de los que quedaban estaban muertos o tenían el virus, dejando menos de un cuarto de toda la población con vida. Hablaban tan técnicamente que era difícil imaginar los cadáveres dispersos en las calles. Habían sobrevivido escondiéndose en la casa del árbol de la hermana pequeña de Karli. El hambre las obligó a abandonar los árboles. En su búsqueda de alimentos, Karli fue atacada por uno de los “monstruos”. Debido a un gran golpe de suerte, encontraron el hospital. Exhaustas, ambas chicas cayeron en un profundo sueño.

Nadie se molestó en llevar la cuenta del tiempo. No había ventanas en el sótano, así que era imposible saber qué hora o qué día era. Supuse que mi cuerpo conservaba su consistente ritmo y que se sentía cansado por la noche, alrededor de las diez u once. Las chicas habían aparecido hace ya varias horas. Tuve una rápida pesadilla sobre la muerte y el giro del mal cuando escuche el sorbido. Me senté,  enojada de que alguien se metiera con nuestra comida cuidadosamente racionada, cuando vi su silueta.

Ella estaba de pie sobre el Sr. McKanthor, un hombre de ochenta y tantos años que estaba muriendo de cáncer. Padraic me dijo que el Sr. McKanthor no duraría mucho más tiempo, incluso con los medicamentos que había estado tomando. Sin ellos… sólo era cuestión de tiempo. Algo salpicaba el suelo. Pensé que era su bolsa de intravenosa y que Karli la estaba arreglando, me di la vuelta para volver a dormir. Pero algo no estaba bien. El líquido era oscuro y espeso. Me senté, con los ojos muy abiertos por el terror.

Sangre. Era sangre la que cubría el piso.

 

(1)Es un tipo de sofá alargado para sentarse o tumbarse, parecido a los que usan los turcos o los árabes.

(2)Padre de familia, es una serie de televisión animada estadounidense para adolescentes y adultos creada por Seth MacFarlane en 1999.

(3)En inglés The Human Centipede, es una película de terror holandesa escrita y dirigida por Tom Six y estrenada en 2010.

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