sábado, 15 de febrero de 2014

Nuevo Adelanto de Teardrop

Nuevo Adelanto de Teardrop

Bueno estoy llevando al día la revisión de Teardrop, y se me ocurrió dejaros otro adelanto del libro.

En la desaparecida isla en la que nací, era llamada Selene. Este es mi libro del amor. La mía es una historia de catastrófica pasión. Puedes preguntarte si es cierto pero todas las cosas auténticas son dudosas. Aquellos que se permiten imaginar, o creer, pueden encontrar la redención en mi historia.
Tenemos que empezar por el principio, en un lugar que hace tiempo que dejó de existir. ¿Dónde iremos a parar? Bueno, ¿quién puede saber el final hasta la última palabra de lo que se ha escrito? Todo podía cambiar con una última palabra.
En un principio, la isla quedó más allá de las Columnas de Hércules, sola en el Atlántico. Me crié en las montañas, donde la magia permanecía. Todos los días observaba un hermoso palacio construido como un diamante en el moteado valle, a lo lejos. Las leyendas hablaban de una ciudad sorprendente, con cascadas rodeadas de unicornios, y de príncipes gemelos que vivían en el palacio.
El mayor de los príncipes y aspirante a rey era Atlas. Era conocido por ser galante, adorar la leche de hibisco y nunca huir de un combate de lucha libre. El príncipe joven era un enigma y rara vez se veía o se oía sobre él. Se llamaba Leander y desde muy temprana edad descubrió que su pasión era viajar por el mar a todas las colonias que el rey tenía en el mundo.
Había escuchado a otras chicas de la montaña contar que soñaban con que el príncipe Atlas se las llevaba en un caballo plateado y las convertía en su reina. Pero el príncipe no me importaba cuando yo era una niña. Si hubiese sabido entonces lo que ahora sé, mi imaginación me habría permitido quererle antes de que nuestros mundos chocaran. Habría sido más fácil así.
Cuando era niña no anhelaba nada fuera de las encantadas costas y arboladas de nuestra isla. Nada me interesaba más que mis parientes, que eran brujas, telepates, cambiantes, alquimistas... Visitaba todos sus talleres, aprendía de todos, pero los cotilleos de brujas, cuyos poderes raramente transcienden de los celos humanos, nunca se cesaron y fueron los que consiguieron que mi mundo girase.
Conocía muchas historias de mis antepasados. Mi cuento preferido era el de un hombre que podía proyectar su mente a través del océano y habitar los cuerpos de hombres y mujeres de Minoan. Sus aventuras eran maravillosas. En aquellos días yo disfrutaba del sabor de esos rumores.
Tenía dieciséis años cuando los rumores volaron desde el castillo a las montañas. Los pájaros cantaban que el rey había caído enfermo, preso de una extraña enfermedad. Anunciaban el fastuoso premio que el príncipe Atlas prometió a quien pudiese sanar a su padre.
Nunca había soñado con cruzar el umbral de palacio, pero una vez había curado la fiebre de mi padre con una hierba común del lugar. Y así, bajo la luna menguante, crucé las veintiséis millas hacia el palacio con una cataplasma de artemisa en la bolsa que colgaba de mi cinto.
Los aspirantes a curandero formaban una fila de tres millas desde el palacio. Me senté en último lugar. Uno a uno, los magos entraron, y uno a uno, se fueron indignados o avergonzados. Cuando apenas quedaban diez magos en la fila las puertas del palacio se cerraron. Humo negro comenzó a salir de las chimeneas indicando que el rey había fallecido.
Los lamentos se alzaban por la ciudad cuando comencé mi viaje de vuelta a casa. A mitad de camino, en una boscosa cañada, encontré a un chico de mi edad arrodillado junto al río. Se encontraba sobre una parcela de narcisos blancos, tan sumido en sus pensamientos que parecía estar en otro reino. Al ver que estaba llorando le toqué el hombro.
—¿Está herido, señor?
Al volverse hacia mi pude ver que el dolor de sus ojos era abrumador. Lo entendí como si supiera el idioma de los pájaros: había perdido lo más querido que tenía.
Puse la cataplasma en su mano.
—Me gustaría haber podido salvar a su padre.
Cayó sobre mí, llorando.

—Me puedes salvar.

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