jueves, 30 de enero de 2014

Adelanto Snowed Over

Capítulo 1

Traducido por Apolineah17


Cada ráfaga de viento lanzaba diminutos fragmentos de aguanieve al rostro ya congelado de Katie Brandt. Todavía no había visto al chico que la llevaría, Alex Walker, pero ya no le agradaba. Él dijo que a las dos en punto, y ya eran veinte minutos después. Si había algo que ella odiaba, era no mantener su palabra. Si dices algo, por el amor de Dios, hazlo. Especialmente si eso significa que estás dejando a alguien afuera morirse de frío.


Katie agarró su café frío y se mentalizó contra el viento penetrante, mientras esperaba afuera del Memorial Union por su largo viaje hacia el norte con un completo desconocido. Nada acerca de estas vacaciones se sentía familiar o correcto.


Desde la repentina separación de sus padres en junio pasado, su mamá había empezado a comportarse diferente. Había decidido arrastrar a Katie y a su pequeña hermana hasta la cabaña de algún chico llamado Tom para las vacaciones de Navidad. Katie tembló.


Así que Katie se vio obligada a esperar en este profundo congelamiento para que la llevara un estudiante universitario que realmente no conocía. Aparentemente, la ciudad natal de Alex, En Medio de Ninguna Maldita Parte, Wisconsin, no estaba lejos de la casa de Tom.


Su mamá se refirió a Tom como sólo un amigo, pero Katie no era estúpida. Las mujeres de cuarenta y tantos años, recién divorciadas no forzaban repentinamente a sus poco dispuestos hijos a alejarse de todas las tradiciones festivas que siempre habían conocido para pasar el rato con unamigo.


Los dientes de Katie castañeaban mientras ella le daba la espalda a otra ráfaga de viento bajo cero. Su largo cabello se enredaba en el viento. Sacó su teléfono celular del bolsillo de su abrigo, comprobando de nuevo por un texto o un mensaje que explicara la extrema tardanza de Alex.


Nada. El hermano de su compañera de cuarto compartía casa con Alex y algunos otros chicos. Lindsey había dicho que Alex era muy inteligente, totalmente caliente y que estaba comprometido con una chica en casa. Lo que sea. Él estaba retrasado.


Mientras Katie temblaba y estaba al pendiente de su camioneta azul, pensaba en lo perfecta que había sido la vida hasta dos semanas después de su graduación cuando su papá abruptamente se mudó atravesando la ciudad, y su mamá comenzó a vestirse demasiado joven para su edad y empezó a salir todo el tiempo.


El teléfono de Katie sonó. Ya era malditamente hora. Sus dedos entumecidos titubearon con el teléfono. Comprobó el identificador de llamadas y suspiró. —Hola, mamá.


—Hola, cariño. ¿Todavía estás en camino? Tom dijo que si no te vas pronto, vas a toparte con nieve. Se suponía que iría al norte, pero ahora está cambiando de dirección.


Katie rodó los ojos. —Estoy esperando por el chico que me llevará.


—¿Dime otra vez con quién estás yendo? ¿Y cómo es que lo conoces? Realmente no estoy muy cómoda con que hayas aceptado que te llevara un total desconocido.


—Te lo dije. Su nombre es Alex, y mi compañera de cuarto conoce a su familia. —Una mentira total—. Así es como los estudiantes universitarios viajan con frecuencia, mamá. Si no me estuvieras obligando a ir al otro lado del estado, no estaría viajando con un total extraño. —Katie sintió un poco de remordimiento por sus comentarios sarcásticos, pero esto era completamente culpa de su mamá. Katie merecía comportarse como una adolescente huraña.


Su mamá ignoró su tono. —Me gustaría que hubieras podido llegar con Tom, con tu hermana y conmigo el jueves. La universidad no debería programar sus exámenes tan cerca de Navidad.


Katie prefería viajar con un desconocido estudiante universitario que con Tom, a quien había apodado, El No Novio.


—¿Cuál es su número de celular? Al menos debería tener eso —preguntó su madre.


—¡No! Eso no va a suceder. Simplemente lo llamarás para darle información meteorológica actualizada cada diez minutos.


—No soy tan mala —dijo su mamá.


Katie no respondió.


—Bueno, tal vez lo soy, pero sólo es porque te amo y quiero que estés a salvo.


Katie resopló. Si su mamá la quisiera tanto, le habría dicho qué demonios le pasó a su familia en los últimos seis meses. En lugar de eso, su madre seguía fingiendo que la vida era normal, cuando era todo lo contrario.


—Mamá, mis dedos se están congelando. Te veré en cinco o seis horas.


—Muy bien, pero asegúrate de que él conduce con cuidado. Y si empieza a nevar, quiero que él se detenga, y si hay problemas con el carro, llámame, y te daré mi número del club de automóviles. ¿Tienes dinero para detenerte a comer algo?


—Lo tengo bajo control. Voy a colgar. Adiós. —Katie terminó la llamada. ¿Cómo iba a aguantar cuatro días con su mamá? Ellas solían llevarse bien, pero desde que sus padres se separaron, apenas podía soportar estar alrededor de ella. Estar lejos, en la universidad, había sido su salvación.


Sólo unos pocos estudiantes se quedaban en el campus tan cerca de Navidad, y la mayoría de ellos tenían la inteligencia de permanecer en el interior. Katie miró con nostalgia hacia las puertas de Union y pensó en entrar para calentarse, pero no quería perder de vista a Alex. Con los dedos de los pies congelados, deseó haberse puesto las botas que estaban enterradas profundamente en su bolsa de lona, en lugar de sus zapatos deportivos. Tiró su café casi congelado en el contenedor de basura.


El estallido de un claxon le llamó la atención. Se dio la vuelta. Una vieja y azul camioneta estaba parada ociosamente en la acera. El chico en su interior saludó con la mano. Finalmente. Ella se ajustó la atiborrada mochila en el hombro y levantó su bolsa de lona de la congelada acera mientras trataba de no olvidar su bolso y su bolsa de compras llena de regalos de Navidad.


Se las arregló para abrir la puerta del pasajero.


—Hola, ¿Katie? —Su despeinado cabello castaño estaba levantado en la parte superior como si acabara de pasar las manos a través de él. Sus expresivos y oscuros ojos danzaban sobre ella. Lindsey había dicho que este chico era de buen ver, y no había exagerado.


—Sí, ¿eres Alex? —Apuesto o no, Katie se obligó a sí misma a no gritarle por casi hacerla morirse de frío.


Él asintió con amabilidad, pero con una breve sonrisa real. Salió de la camioneta vistiendo sólo una sudadera gris con capucha de la Universidad de Wisconsin sobre sus anchos hombros. Parecía inmune al clima mientras se daba la vuelta y lanzaba su pesada bolsa llena de ropa para lavar en la parte trasera de la camioneta. Notó una pala para la nieve, algunas grandes cubetas cubiertas y una enorme bolsa de lona en la parte trasera de la camioneta. Alex se puso de pie, alto y esbelto, tal vez media un metro ochenta con sus botas. Tomó su mochila, pero ella la alejó.


—Gracias, pero la voy a llevar conmigo. Mi computadora portátil está ahí.


—Está bien. —Él tomó la bolsa de compras.


—También voy a llevar ésta en la parte delantera. Son regalos. —No podía imaginar lo regalos cuidadosamente envueltos rodando en la parte trasera de su sucia camioneta.


Él levantó una ceja. —Como quieras. —Se dio la vuelta y se metió de nuevo mientras Katie maniobraba con las bolsas restantes en la cabina del camión. Fue difícil caber bien con el abrigo y los guantes en el asiento y con su mochila y un par de otras bolsas más amontonadas en el suelo. Apretó sus bolsas en el suelo a sus pies y miró su café caliente. Debería ser agradable.


Se limpió el guante helado a través de la nariz que moqueaba.  —Caray, qué frío está allá afuera. —Katie se abrochó el cinturón de seguridad, agradecida de estar finalmente en la cálida cabina y fuera de la profunda congelación. Se quitó los guantes y el sombrero, girando las rejillas de aire caliente hacia ella, y frotándose las manos en frente del aire caliente. ¿No iba, al menos, a disculparse por llegar tan tarde?


—Aquí, déjame encenderlo. —Alex ajustó la ventilación para que soplara a toda velocidad. La temperatura ya estaba en el nivel más cálido. Sus ojos encontraron los de ella, y le ofreció una sonrisa amistosa.


—Gracias. —Suspiró mientras el aire caliente descongelaba sus dedos.


Katie no estaba preparada para sus ojos conmovedores enmarcados por cejas oscuras, y él tenía la forma de la boca más perfecta. ¿Cómo se suponía que iba a pasar cinco horas con este chico? Al lado de él se veía como una perdedora total con su nariz goteante y sus ojos llorosos. Se echó hacia atrás y se concentró en la carretera. Él estaba comprometido, fuera de los límites. Además, su llegada con retraso era un gran punto en su contra.


  —Así que, ¿eres una amiga de la hermana pequeña de Matt? —Puso la camioneta en marcha y se alejó de la acera.


—Sí, Lindsey. Nosotras somos compañeras de habitación. Gracias por llevarme. Me salvaste de dos muy largos viajes en autobús que habrían parado en cada pueblo rural, tomándome todo el día.


—No hay problema. Crystal River está a sólo diecinueve kilómetros de la casa de mis padres.


Alcanzó en el bolsillo de su abrigo un pañuelo y se sonó la nariz. Se imaginó que su nariz se habría vuelto de color rojo brillante. Siempre lo hacía cuando tenía frío. No sabía qué decirle a este chico, y ellos iban a pasar muchas horas juntos. Se limpió la nariz y tiró el pañuelo. —¿Y cuál es tu especialidad?


—Ingeniería. ¿Y la tuya?


—Finanzas.


—¿En serio?


—Sí, ¿qué hay de malo con eso?


—Nada. —Él sonrió y se le iluminó todo el rostro. Sus ojos brillaron y un pequeño hoyuelo apareció en un lado de su mejilla. Ella se sintió como un trol a su lado.


—Simplemente no pareces como el tipo de chica de los números.


Ella frunció el ceño. —Bueno, lo soy. —¿Qué aspecto tenía para él?


—No era mi intención hacerte sentir mal. Pareces más del tipo creativo. —Hizo un gesto hacia los regalos envueltos en papel brillante que salían de su bolso y el diseño de cachemira de su mochila.


—También soy creativa. Simplemente me gusta cuando las cosas tienen sentido. Cuando algo está correcto o incorrecto. Todo siempre es congruente, y cuando no lo es, puedes arreglarlo.


Él miró el espejo lateral y se incorporó a la autopista. —Suena como si estuvieras en el camino correcto.


—Gracias. —Ella aspiró.


—¿Te importa si escucho el partido de hockey?


Katie estaba bastante segura de que ese era un código para Ya no quiero charlar contigo. —No. Adelante.


Después de unos minutos escuchando el zumbido de la cobertura del partido de hockey, se deslizó sus audífonos y le subió el volumen a su música. Se había quedado despierta hasta la mitad de la noche estudiando para su examen de Estadística. Inclinó la cabeza hacia atrás, usando su abrigo como una almohada y cerró los ojos.


***


Alex miró y le sonrió a su pasajera dormida. Sus audífonos se habían caído y su cabeza colgaba hacia un lado, con la boca abierta. Debía estar realmente muy cansada para dormir durante los dos primeros períodos del partido de hockey.


Katie parecía una típica estudiante de primer año, joven y despistada. La novedad de la universidad aún no había desaparecido. Estaba ansiosa, nerviosa y claramente motivada. No es que él fuera demasiado viejo y mundano en su segundo año, pero los últimos siete meses lo habían empujado a través del infierno y de regreso.


Miró a Katie de nuevo. Sus largas pestañas yacían sobre sus mejillas sonrosadas como alas de mariposa. No llevaba mucho maquillaje, y a él le gustaba eso.


Su teléfono celular sonó y rápidamente lo agarró para no despertar a Katie.


—Hola —dijo en voz baja.


—Por favor, dime que ya casi estás aquí.


Frunció el ceño al escuchar la voz molestamente familiar. —Ni siquiera estoy cerca.


—Pero le dije a mi mamá que estarías a tiempo para la cena.


Suspiró. —Trina, te dije que no llegaría a tiempo para comer y que me iba a quedar en casa esta noche. Acabo de terminar mi último final esta mañana. Necesito un descanso.


—Bueno, yo no. No te he visto desde Acción de Gracias y luego mi abuela murió y se estropeó todo el fin de semana.


Alex no podía creer que había accedido a casarse con ella; dado por hecho, ella lo había engañado, pero él iba a remediar esa situación muy pronto. Esta vez no iba a dejar que Trina lo arruinara cuando tratara de terminar con ella. Su relación había durado demasiado tiempo y por todas las razones equivocadas.


—Estaré allí en la tarde de la víspera de Navidad. Tú y yo necesitamos hablar —dijo.


—¿Te estás transfiriendo para acá? ¡Oh por Dios! Ese sería el mejor regalo de Navidad.


—No, no me estoy transfiriendo. Me voy a quedar en Madison. —Ella sabía porque él quería hablar y se seguía engañando a sí misma de que esto no iba a terminar.


—Odio Madison. Desde que llegaste allí, has cambiado. De repente quieres cosas diferentes. —Su tono quejumbroso rechinaba como uñas sobre una pizarra.


Salir de Ashland fue la mejor cosa que alguna vez hizo. Le abrió los ojos a todo lo que la vida tenía para ofrecer.


—¡Oh! Antes de que lo olvide —Trina cambiaba de tema más rápido que lo que los músicos cambiaban de clave—. Hoy estuve en el centro comercial y vi un abrigo súper lindo con una capucha forrada de piel. Estaba retenido para alguien en las cajas registradoras. El feo empleado con una gran nariz dijo que era el único que quedaba y que yo no podía tenerlo.


Alex supo, sin escuchar otra palabra, que Trina había intimidado al pobre empleado para que se lo vendiera.


—¡Pero hice que me lo vendiera! ¡No puedo esperar para que lo veas! ¡Está increíble!


Después de un silencio incómodo, el incesante parloteo de Trina continuó. —Entonces, ¿qué me compraste?


—Trina, vamos a hablar mañana. ¿Tu mamá y tu papá van a estar allí?


—¿Por qué? ¡Oh por Dios! ¡Quieres fijar una fecha! —Gritó en el teléfono y Alex deseó poder aplastar a la maldita cosa en pedazos—. Voy a mantenerme despierta toda la noche para esperarte a ti y a tus padres.


—No. ¡No quiero fijar una fecha y no voy a ir! Escucha, no voy a llegar a casa hasta tarde, tengo que llevar… —miró a Katie— …a un amigo.


—No es justo. —La voz de Trina se convirtió en un mohín—. Pero tienes que venir el día de Navidad. Le dije a mi mamá que pasarías todo el día conmigo. Ella quiere que la ayude a preparar la cena. Si tú estás aquí, no voy a tener que hacerlo.


Alex suspiró. —Sabes que no puedo hacer eso. Siempre ayudo a servir la cena en el centro para personas mayores el día de Navidad.


Katie se movió y abrió los ojos. En el instante en que vio a Alex, se sentó y miró hacia el frente.


—Escucha. Tengo que irme. Hablamos pronto. —Colgó antes de que Trina pudiera discutir u obligarlo a prometer algo que no podría cumplir.

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