jueves, 30 de enero de 2014

Adelanto Keeping Kennedy

Capítulo 1

Traducido por katiliz94

  
Estaba desnudo.
Kennedy Malone se congelo en la entrada del dormitorio de Douglas Drake. Boca abajo en la cama y despatarrado en medio de un enredo de sabanas arrugadas, estaba fuera de combare. Afortunadamente, una estrecha longitud del retorcido revestimiento le cubría el trasero. Su bronceado se había profundizado más con el considerable tiempo en África. Kennedy frunció el ceño ante la rebelde caída de su abundante pelo negro sobre la almohada. Se veía en una desesperada necesidad de un encuentro con las tijeras del peluquero.
Bueno, ella también podría acabar con eso. Tomo un fortalecedor respiro y entró en la habitación poco iluminada. De cualquier manera, ¿Cuándo había regresado él? No se suponía que llegaría —miro el reloj— hasta dentro de otra hora. Por supuesto, esa era la única cosa con la que siempre podía contar con Drake: No seguía el horario de nadie más que el suyo. El hombre no tenía concepto de las reglas o límites o decencia. Hacia lo que quería, cuando quería como elegía hacerlo. Hace tiempo había decidido que Drake era mitad nomado y un completo playboy. Sacudió la cabeza. Aunque no solía estar mucho en casa o durante bastante tiempo para ser un fastidio, donde quiera que Drake estuviera, las mujeres frecuentaban su apartamento.
Sopesando los obvios motivos de por qué, Kennedy se cruzó de brazos sobre el pecho y escrutinio al hombre. Estaba dormido; nunca lo sabría. Normalmente se hacia la promesa de no mirarlo directamente. Era uno de esos chicos a los que les gustaba acercarse a una persona y hacer contacto visual durante una conversación. Bajo circunstancias normales, ella hacia lo mismo. Era parte de su trabajo. Pero algo sobre la directa y demasiado perceptiva mirada de Drake la inquietaba. No tenía intención de darle la tonta idea de que estaba interesada. En su experiencia con hombres como Drake creían que todas las mujeres estaban preparadas para caer a sus pies.
Bueno, Kennedy Malone no.
Era bastante cierto que él era guapo en un resistente tipo de forma. Tenía rasgos clásicos, una mandíbula cuadrada, una bonita nariz, fuerte barbilla… y labios llenos. Ahora los bronceados hombros en representación eran amplios y poderosos mostrando el pecho que ocultaba un acanalado abdomen. Su mirada se deslizo con lentitud por las largas y musculosas piernas. Tenía un cuerpo increíble; tenía que admitirlo. Invadir su privacidad de esa forma debería hacerla sentir culpable, pero no lo estaba.
Tiro del cuello de su blusa de seda y desvió la mirada. Sí, ese hombre tenía todos los recursos buenos.
—Y es un cerdo, —murmuró, acallando la extraña sensación que la hacía sentir nerviosa. Le llevo un momento recuperarse  del enorme pero escasamente amueblado dormitorio. Él no podía haber estado más en el apartamento que unas pocas horas. Su habitación ya era un desastre. Las ropas estaban dispersas por el suelo de madera dura. Una desvalijada —parcialmente desempaquetada, insistiría Drake— bolsa de viaje permanecía en una esquina. Dos bolsos de cuero que reconoció como los estuches de las cámaras se situaban a los pies de la cama. La puerta más cercana permanecía siempre abierta, camisas dobladas sin cuidado en lo alto y colgando en las perchas.
En absoluto nada podría ser considerado pretencioso en Douglas Drake. Lo que ves es lo que tienes era su lema. De ninguna forma se asemejaba a los hombres con los que Kennedy trabajaba cada día. No era como todos a los que incluso conocía.
Pero si lo era.
Tenía que serlo. No había nadie más.
Y ella estaba desesperada.
Lo suficientemente desesperada para pedir a su vecino, un hombre que era pecaminosamente atractivo, un favor personal.
Kennedy cruzo la habitación y miro el aleatorio contenido del armario. Ni un traje a la vista.
—Diablos. —Oh, bueno, lo había sospechado demasiado. Drake siempre llevaba vaqueros o pantalones de camuflaje con camisetas básicas. Las tenis y botas de senderismo eran el único calzado que parecía poseer. Definitivamente no era víctima de la moda.
Sin problema. Ella podía solucionar eso con un rápido viaje a la tienda de hombres. Edward, su experto favorito de moda, encontraría justo el diseño perfecto y lo adaptaría a un hombre como Drake. Bueno, se alteró, para el tipo de hombre que quería que él representase.
Se giró en la dirección de su insospechado compañero-en-el-crimen y puso el plan en marcha.
—Drake, despierta. Necesito hablar contigo.
Él no se movió. 
Ella se movió dos pasos más cerca de la cama.
—¡Drake!
—¿Qué día es? —Murmuró él sin moverse un centímetro. Las palabras estaban amortiguadas por el sueño y la amortiguada almohada blanca en la cual su cara estaba casi enterrada.
—Es lunes, 8 de la mañana, hora de levantarse, —respondió Kennedy airadamente. No tenía tiempo para eso. El vuelo iba a salir a las dos de esa tarde y era completamente demasiado para ser alcanzado antes de entonces—. Levántate Drake, necesito toda tu atención. —Le golpeó la pierna cuando él aún no se movía.
Uno de sus ojos visibles se abrió.
—¿Kennedy? —preguntó, la voz áspera, el tono sorprendido.
Ello sopló un disgustado suspiro.
—Tienes que despertarte Drake. ¡Ahora!
Como el rayo, salió corriendo de la cama. La sabana cayó al suelo. Los ojos de ella se redondearon, su boca se abrió y el aire escapo de sus pulmones.
—¿Qué está mal? —demandó él mientras se pasaba los dedos por el pelo—. ¿El edificio está en llamas?
Con retraso de su propio sentido de propiedad lo notó y Kennedy se dio la vuelta. Parpadeo dos veces para dispersar la imagen de Drake estando de pie desnudo ante ella.
—No, el edificio no está en llamas, —dijo ella, su voz incaracteristicamente aguda. Frunció el ceño e intento aclararse la garganta. 
—Entonces, ¿Cuál diablos es el problema? —se quejó él—. ¿Iggy salió de nuevo?
Ella tembló ante la mención de su mascota iguana.
—No, —graznó, después miro alrededor con inquietud para estar segura—. Iggy está por aquí en algún lugar. —El lagarto rápidamente había aprendido a hacer poco cuando ella llegaba, o a sufrir las ensordecedoras consecuencias. Frunciendo el ceño, escucho algunos sonidos de crujiente material para indicar que Drake podría estar poniéndose la ropa. No con tanta suerte—. Vine a hablar contigo.
Él infundio una abrasadora palabrota.
—Bueno, entonces suéltalo. He estado despierto cuarenta y ocho horas. Estoy agotado. Necesito algo de sueño.
—¿Podrías…? —Ella apretó los ojos en un esfuerzo de último abandono para borrar su imagen. La total carencia de recato del hombre la agitó—. ¿Te importaría vestirte? No puedo hablar sabiendo que estás detrás de mí… así.
Él exhalo largo y en alto.
—Por favor, —añadió ella con esperanza.
—Claro, —murmuró—, ¿Quién necesita dormir? Yo no.
Kennedy se relajó cuando lo escucho agarrar la ropa.
—¿Aun estas planeando tomar dos semanas de descanso antes de tu siguiente encargo?
—¿Qué? —Gruñó él.
Obviamente Drake no era una persona madrugadora, especialmente cuando se le depravaba del suelo.
—Antes dijiste que planeabas tomar un par de semanas libres despues de África. ¿Aún es ese el plan?
—Sí, claro… no sé. Pregúntame despues. No lo he pensado al estar entre las sabanas.
Ella tembló ante la elección de palabras de él e inmediatamente se reprendió. Toda esta situación la había sacado de sus casillas. Encuadró los hombros y forzó a su boca a pronunciar las palabras necesarias.
—Necesito tu ayuda.
—¿Qué?
¿El hombre estaba tan sordo como agotado?
—Dije que necesito tu ayuda.
Él se acercó más. Ella podía sentirlo. Maldición. Debería haber sabido que esto no funcionaria. ¿Cómo podría ella —alguien que hizo una carrera fuera de fijar la vida de otras personas— joder su propia vida espléndidamente?
—Ahora puedes girarte. Estoy presentable.
De alguna manera ella dudó del último comentario. Los hombres como Drake nunca eran decentes en el verdadero sentido de la palabra. Incluso vestidos por completo, y en la más inocente de las situaciones, rebosaban sexualidad. Kennedy trago. Había conocido a Drake Douglas durante tres años y nunca ni una vez había sido tentada por él, —al menos no a nivel consciente. Era inmune a su malvado encanto y a su apariencia de cae-muerta-por-la-belleza. Nunca, todas esas sensaciones extrañas podrían serlo. Estaba nerviosa al poner un giro en su vida.
Lentamente, con reluctancia, se giró. Sus ojos se ampliaron. ¿Eso era decente? Se había puesto un par de pantalones descoloridos y arrugados, pero nada más y ni siquiera los pantalones estaban abrochados por completo. Su conmocionada mirada siguió el rastro de suave pelo negro que se extendía por los esculpidos pectorales, despues se contrajeron y hundieron un musculo del abdomen solo para desaparecer detrás de la mitad descubierta.
—Dijiste que necesitabas mi ayuda.
Ella levanto la mirada hasta su rostro, el cual demostraba distraer incluso más. Entre la barba desarrollada de dos días, el pelo enmarañado y la mirada soñolienta en esos iluminados ojos grises…
—Kennedy, ¿hay algo mal?
Ella pestañeó, de repente recordando respirar. ¿Mal? Oh, sí, algo estaba definitivamente mal. Había perdido el juicio. Se dio un golpe mental con esperanza de encontrarlo. No ayudaba.
—Lo siento. —Parpadeó antes de encontrar su mirada consternada. Este era Drake, se recordó, un amigo, un colega. Nunca había tenido efecto sobre ella. nadie lo tuvo. Se lamio con seriedad los labios secos y se esforzó por recuperar el rumbo—. Solo estoy un poco distraída esta mañana. Yo…
Algo se deslizo entre sus pies. Gritó. Su estómago se agito cuando una larga y escamosa cola se enrosco entorno a un pie. No se atrevió a moverse por miedo a tropezar con la iguana. Su grito normalmente enviaba a la maldita lagartija a escaparse, pero no esta mañana. Obviamente sintiendo la superior confianza en presencia de su amo, la cosa disgustante se quedaba en ese lugar, justo entre las piernas de ella.
—Iggy, esa no es forma de saludar, —le regañó Drake. Se agachó frente a Kennedy, llegó sus pies y apartó al animal. La respiración de ella quedo atrapada cuando la frente de Drake rozó el interior de su tobillo.
¿Qué por el amor de Mike, estaba mal con ella?
Él se puso de pie, acariciando a su amado Iggy.
—Vamos, —dijo él, despues camino descalzo hacia la puerta—. Necesito un trago de cafeína.
Recordándose exhalar lo siguió hasta la gran habitación. Estaba fuera de sus casillas, eso era todo. Estaría bien tan pronto como estuviera situada.
Una de las ventajas de un apartamento curvo, la amplia ventana tomando la mayor parte del espacio de la pared en el área de estar inundaba la habitación con luz. El brillante sol iluminaba los verdosos alrededores del jardín de roca interior y la pequeña fuente que él había construido para la horrenda lagartija. Con Iggy depositada en el habitad hecho a mano, Drake cruzo la isla del bar en el centro de la habitación. Ella se forzó a ser paciente mientras él preparaba la cafetera para prepararlo. En el momento en el que él volvió la atención hacia ella un total de tres minutos habían pasado y el olor del café fresco había llenado el aire. La anticipación le ponía los nervios de punta. Dios, él estaba perdiendo el tiempo.
—¿Qué es lo que pasa, Kennedy? —Apoyó una cadera contra el mostrador y se pasó los dedos a través del largo pelo.
Está bien, esto era. Sin importar como de ridículo sonase, tenía que hacer esto. Y él tenía que ayudarla. Simplemente tenía que hacerlo.
—¿Te importaría esperar hasta después del café? —sugirió él cuando ella dudó.
Sacudió la cabeza.
—No puede esperar. Yo… necesito un favor.
Él se encogió de hombros.
—Suéltalo.
Ella se las arregló para una sonrisa falsa. Si solo fuera así de simple.
—¿Hace cuánto tiempo no conocemos? —Primero vamos con la culpa. Construye un argumento que él no pueda negar.
Aparentemente considerándolo él se frotó la barbilla sin afeitar.
—Alrededor de tres años o así. ¿Por qué lo preguntas?
—Y durante tres años, desde que tu asistenta se negó a hacerlo, —procedió ella, ignorando la pregunta—, ¿cuánto tiempo he cuidado de Iggy por ti?
Él se encogió de hombros.
—Cada vez que me he marchado a una localización para hacer fotos.
—En la forma que yo lo deduzco, aproximadamente dos semanas fuera cada mes durante los últimos tres años en los que he venido a tu apartamento dos veces al día para alimentar y dar agua a eso… a Iggy.
—Esa es probablemente una estimación justa.
—Y varias veces desde que me mudé aquí y me convertí en tu vecina y amiga, —añadió puntualmente— y también te he llevado al aeropuerto cuando habría perdido el vuelo, incluso cuando yo ya estaba llegando tarde. Por no mencionar que te he rescatado de un numero de desastrosas citas durante años.
Él asintió.
—Sí. Has sido una buena amiga, Kennedy.
—Ni una vez te he pedido nada, ¿verdad?
Él consideró la pregunta durante un rato, su mitrada entrecerrándose con sospecha.
—Si lo pienso, no.
—Bueno, —ella se cruzó de brazo en la cintura y levantó la barbilla—. Estoy a punto de recurrir a todos mis marcadores.
Él enterró las manos en los bolsillos los cuales, para irritación de Kennedy, ampliaban el espacio de la cremallera, revelando incluso más sedoso pelo negro.
—Como dije, suéltalo. Si está en mi poder y no es ilegal, lo haré.
—Definitivamente no es ilegal, y con certeza está en tu poder. —ahora, si solo pudiese hacer que las palabras saliesen de sus labios—. Sabes cómo es cuando estas feliz de ser como eres. Tu carrera va perfectamente como la has planeado y la vida es buena, pero tus padres no parecen entenderlo.
Él se rascó el pecho y volvió a encogerse de hombros.
—En realidad no, i familia no interfiere con la forma en la que vivo mi vida. Es del tipo de regla no estipulada con nosotros los Drakes.
Kennedy se quitó las bolsas de los ojos. Tenía que acabar con esto, el tiempo estaba terminando.
—Bueno, yo no soy tan afortunada. Mis padres creen que porque no esté casada y tenga bebes como todos mis primos no soy feliz.
Una sonrisa cruzó el rostro de él, revelando otras de sus armas: exacto, dientes blancos.
—No puedo imaginarme eso.
Ofendida, pero sin seguridad de cómo o por qué, lo miró de arriba abajo.
—¿No puedes imaginar qué?
—Tú y los bebes.
Enfadada levanto una ceja.
—¿Qué se supone que quiere decir eso? —A pesar de que sin duda no quería un niño como regalo, era perfectamente capaz de criar y atenderlos si estuviera inclinada. No era como si la idea fuese impensable.
—Simplemente eres… —se pasó una mano por la cara—. No lo sé, todo trabajo y sin juegos.
Ella entrecerró la mirada hacia él.
—Y esa es precisamente la actitud que me tiene en el predicamente de donde estoy ahora.
Él se rió.
—No quería insultarte. Lo que quería decir…
—Se lo que querías decir. De cualquier manera, —miró al reloj una vez más— sabes que solo me las arreglo para ir a casa una o dos veces al año. —frunció el ceño—. De hecho no he estado en casa desde las últimas Navidades. —Fue en Octubre. Hizo cálculos… hacía diez meses. ¿Había sido tanto tiempo?— Y fue un desastre, —continuó taciturnamente—. Mi último primo soltero acaba de casarse. Mi gente me acosaba cada vez que llamaban durante meses tras eso. ¡Era un infierno! Al final, —se humedeció los labios y reunió su resolución—, para quitármelos de encima les dije que estaba prometida.
Él puso una cara desdeñosa.
—Entonces, ¿cuál es el gran trato? Dijiste a tu gente una pequeña mentirijilla.
—Todo es un gran trato con mi gente, —se lamentó—. Se han pasado los últimos siete meses diciendo a todos en la ciudad que estoy prometida. —Suspiró—. Ahora tengo que ir a casa y enfrentar la música,  para hablar.
—Diles que tú y tu novio rompisteis, —ofreció él—. Ocurre todo el tiempo. Las personas se comprometen y despues rompen. Es pan comido.
Kennedy trago.
—No puedo hacer eso.
—¿Por qué no puedes?
—Debido a la reunión.
—¿Reunión?
Ella cruzo la habitación para mirar fuera de la ventana a la estrecha calle. Amaba D.C. Le encantaba la emoción, la energía. Adoraba su trabajo. Kennedy cerró los ojos. ¿Cómo se había metido en ese desastre?
—Háblame sobre esa reunión, —dijo él con rapidez.
Ella levanto la mirada para encontrarlo a su lado. Demasiado cerca. Se apartó rápidamente de él.
—Es la reunión del instituto de los diez años.
Él asintió una vez con comprendimiento.
—No puedo enfrentar a todas esas personas y hacerles creer por un segundo que el chico que me pidió que se casase conmigo me abandono, —dijo con cansancio.
—Pero no has sido abandonada, —le recordó él—. Ni siquiera estabas prometida.
—Lo sé y tu también, pero ellos no.
Ella sacudió la cabeza.
—No puedo hacerles pensar que he fallado. Si no aparezco con mi prometido todos sabrán la verdad.
—Entonces, diles que tu prometido está en algún lugar del que no puede marcharse.
Kennedy lo miró.
—Tengo que aparecer con un auténtico y vivo prometido. Quiero ser absolutamente positive para que todos crean mi… mi historia. ¿No lo entiendes? No veré a esas personas en otros diez años. Por entonces, todo esto será historia antigua. Pero justo ahora tengo que hacer esto. Es cuestión de principios.
—¿No te refieres al orgullo?
—Lo que sea. —Liberó un asediado suspiro.
—Está bien, está bien, —se rindió él—. Capto la imagen. Ahora, ¿qué tiene eso que ver conmigo? ¿Quieres que te encuentre un prometido o qué?
—¡Nooo! —protestó ella, sus ojos grises la buscaron un poco más de cerca, un rastro de reluciente temblor en sus profundidades claras.
Ella le clavo una mirada que había ganado sobre más de un cliente cabezota en la firma de relaciones públicas donde trabajaba.
—Porque les dije a mis padres que tú eras mi prometido. —Casi se rió ante la mirada de absoluto desconcierto en su cara, pero no había nada remotamente divertido en eso.
—¿Yo?
Ella asintió.
—Tu.
Él soltó una risa, despues cerro la ya demasiado pequeña distancia entre ellos. La considero en una forma que podía significar un numero de cosas—ninguna de las cuales ella quería deliberar en ese momento.
—¿Les dijiste a tu gente, quienes dijeron a todos tus amigos, que yo soy tu prometido?
—¿Qué eres, estúpido? Sí, eso es lo que les dije. Cuando me pidieron un nombre, el tuyo fue el único que salió.
Él dio a su cabeza una pequeña sacudida y reprimió otra pequeña risita.
—Pero tú y yo ni siquiera nunca hemos…
—Salido, —suministró ella antes de que él pudiera decir algo grosero—. Lo sé.
—Está bien, —dijo él con lentitud, manteniendo ese irritante e intencionado contacto visual—. Necesito que me digas exactamente lo que me estás pidiendo hacer, Kennedy.
No lo estaba haciendo fácil. Tenía que saber lo que ella quería, necesitaba. En realidad nunca había contemplado que él pudiera decir que no. Pero ahora eso parecía una posibilidad distinta.
La persuasión era su trabajo, y era una maestra en su oficio. Podía hacer esto. Tenía que hacer esto.
—He pedido una semana libre de trabajo…
Él levantó una oscura ceja con escepticismo.
—¿Estás bromeando, verdad? —Una risa tiró de las comisuras de sus labios llenos hacia arriba—. Sidney T. Booker, hechicera de las relaciones publicas, va a permitir que su doctora número uno tome toda una semana libre. ¿Has evacuado la Casa Blanca? ¿Derribaste el Capitol Hill? ¿Cómo los políticos del D.C. sobrevivirán sin ti alrededor para mantenerlos oliendo a rosas despues de que conduzcan directos a un barril de…?
—No soy la única en experta en control de daños en nuestro sector, —interrumpió Kennedy cortantemente.
Él se inclinó más cerca.
—Ah, pero eres la única a la que el Presidente pidió en dos ocasiones diferentes el último año.
—Retrocede Drake, estas en mi espacio personal, —siseó a través de sus dientes rechinados.
Aun manteniendo la mirada sin parpadear tanto, él retrocedió un paso.
—¿Por qué haces esto? —Kennedy le puso mala cara. 
Habían salido por completo del rastro. El hombre podía ser demasiado enfurecedor. ¿Cómo podía pasar toda una semana con él? Solo debería elegir a alguien para jugar su rol. Excepto que no podía. Sus padres habían visto su foto.
—¿Hacer qué? —Falsa inocencia irradio de su distrayente hermoso rostro.
—Ayúdame. Siempre invades mi espacio personal. Dieciocho pulgadas, Drake. ¿No sabes nada? Eres completamente zafio, —añadió por buena medida, despues se dio cuenta de su error. Se suponía que estaba ganándose su lado, no apartándolo. 
Esa mirada metálica de repente brillo con maldad. 
—Es una buena forma de hablarle al hombre con el que estas planeando casarte, —ofreció con poca sinceridad.
Ella rodo los ojos.
—Pooorfavor. —Tembló ante la idea. Nunca en un millón de años se casaría con un hombre que atravesase las junglas, escalase montañas, cruzase desiertos y fuese lo bastante tonto como para llamarlo divertido. Añadiendo énfasis a su idea, Iggy corrió rápidamente por el suelo, su larga cola ondeando de atrás a adelante en la brillante madera dura—. Solo porque nunca hayamos sido… íntimos, —le informó—, no significa que no te conozca lo bastante bien como para saber que no eres mi tipo. No mi tipo para nada.
Una sonrisa que literalmente la dejo sin aliento cruzo sus cincelados rasgos. Antes de que pudiese entender lo que él intentaba, él la respaldó contra la ventana y envolvía los brazos a ambos lados de ella. Se inclinó más cerca para que ella pudiera sentir su cálida respiración en la cara. Su corazón hizo un par de volteretas, entonces se dejó caer en su estómago para agitarse ahí.
—Nunca desestimes lo que está en el paquete, Kennedy, no hasta que lo hayas abierto. —Se humedeció los labios todo el tiempo mientras la miraba. El corazón de ella estaba latiendo con tanta fuerza que estaba segura de que él podía escucharlo. ¿Por qué estaba actuando así? Solo cuando ella fuera positiva él podría hacer alguna locura como besarla, su mirada reconecto con la de ella—. Ahora dime, —susurró él en voz baja y ronca que envió un temblor por su piel, —¿exactamente qué es lo que quieres de mí?
Por primera vez en su vida adulta, Kennedy se encontró perdida por las palabras. Insegura de una decisión ya tomada. Reluctante por seguir con algo que había empezado. Pero tenía que hacer esto. De ninguna manera podía regresar a Friendly Corners sin su falso prometido.
—Sabes lo que quiero, —se las arregló a pesar de la repentina limitación en su garganta.
—Dilo, Kennedy, —murmuró él.
Mantenida cautiva por su mirada y apisonada por algo que se sentía completamente como demasiado conocimiento sexual, se arruinó.
—Quiero que vengas a mi ciudad natal conmigo y finjas ser mi prometido durante una semana.

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