lunes, 28 de octubre de 2013

Teardrop (Teardrop #1) Prologo

Próximamente se abrirá el tema de lectura.



Prologo: Prehistoria

Traducido por katiliz94
Así que era esto: Una puesta de sol color ámbar oscuro. La humedad esparciéndose en el perezoso cielo. Un solitario coche se dirigía al Puente Seven Mile, con rumbo al aeropuerto de Miami, hacia el vuelo al que no llegaría. Una gran ola se elevaba al este de las aguas Keys, transformándose en un monstruo que desconcertaría a los oceanógrafos en las noticias de la noche. El trafico se detuvo en la boca del puente por una construcción manejada por unos hombres de traje en un puesto de control temporal.
Y él: el chico en el bote de pesca robado a cien metros al oeste del puente. Su ancla estaba bajo el mar. Su mirada fijada en el último carro que había logrado pasar. Había estado allí durante una hora, y esperaría solo unos momentos más para observar - no para volver a ver la tragedia que se aproximaba, para asegurarse de que esta vez todo saldría bien.
Los hombres que se hacían pasar por trabajadores de la construcción se hacían llamar Seedbearers1. El chico en el bote también era un Seedbearer, el más joven en su línea familiar. El coche en el puente era un Chrysler K-car color champán del año 88 con doscientos mil en el odómetro y con el espejo retrovisor trasero tapado con cinta. Quien conducía era una arqueóloga, una madre pelirroja. Y quien la acompañaba, era su hija de diecisiete años de Nueva Iberia en Louisiana y también era el objetivo de los planes de los Seedbearers. La chica y la madre estarían muertas en minutos… si el chico no estropeaba nada. Su nombre era Ander. Estaba sudando, y estaba enamorado de la chica del coche. Así que aquí, ahora, con el suave calor de una tarde de primavera en Florida, con garzas azules persiguiendo garzas blancas a través del oscuro cielo ópalo, y con la tranquilidad del agua rodeándole, Ander tenía que tomar una decisión: cumplir las obligaciones con su familia o… no. La elección era más simple que eso: salvar al mundo, o salvar a la chica.
El coche pasó el primer marcador de siete millas en el largo puente hacia la ciudad de Marathon en el centro de Florida Keys. La ola de los Seedbearers tenía como objetivo la milla cuatro, justo después del punto medio del puente. Cualquier cosa, desde un ligero descenso en la temperatura hasta un cambio en la velocidad del viento o su textura podría alterar la dinámica de la ola. Los Seedbearers tenían que estar preparados para adaptarse. Podrían hacer esto: elaborar una ola del océano utilizando aliento antediluviano, y entonces colocar a la bestia en un lugar preciso, como una aguja en un tocadiscos, dejando la música infernal suelta. Incluso se podrían salir con la suya. Nadie podía juzgar un crimen sin saber que se había cometido.
Las olas creadas eran un elemento del poder de los Seedbearers, el Zephyr. No era que tuvieran dominio sobre el agua, más bien era su habilidad de manipular el viento, cuyas corrientes eran una fuerza poderosa en el océano. Ander había crecido viendo al Zephyr como una divinidad, aunque sus orígenes habían sido oscuros: había nacido en un tiempo y lugar del cual los ancianos Seedbearers ya no hablaban.
Durante meses habían hablado solo de la certeza de que el viento correcto debajo del agua correcta seria lo suficientemente poderoso para matar a la chica correcta.
El límite de velocidad era treinta y cinco. El Chrysler iba a sesenta. Ander se seco el sudor de la frente.
Una pálida luz azul brillaba en el coche. De pie en el bote, Ander no podía ver sus rostros. Solo podía ver dos coronas de pelo contra el reposacabezas. Se imagino a la chica con el móvil, enviando mensajes a alguna amiga sobre las vacaciones con su madre, haciendo planes para verse con el vecino con las mejillas salpicadas de pecas, o aquel otro chico con el que paso tiempo, el que Ander no soportaba.
Toda la semana, la había observado en la playa mientras leía el mismo viejo libro de bolsillo El Viejo y el Mar. La había visto pasar las páginas con la lenta agresión de estar terriblemente aburrida. Se graduaría en ese otoño y sabía que había estado en tres clases de honor; una vez él estuvo de pie en un pasillo de una tienda de comestibles y logro escuchar a través de los cereales mientras ella hablaba de eso con su padre. Sabía cuanto temía cálculo.
Ander no iba a ninguna escuela. Estudiaba a la chica. Los Seedbearers le hicieron hacerlo, seguirla. Por ahora, era un experto.
Ella amaba las pecanas y las noches claras cuando podía ver las estrellas. Tenía una horrible postura en la mesa a la hora de cenar, pero cuando corría, parecía volar. Se arrancaba las cejas con pinzas enjoyadas y se vestía con el viejo disfraz de su madre de Cleopatra cada año en la Noche de Brujas. Rociaba toda la comida con salsa tabasco, corría una milla en menos de seis minutos, tocaba la guitarra de su abuelo Gibson con ninguna habilidad pero con mucha alma. Se pintaba lunares en las uñas y también los pintaba en las paredes de su habitación. Soñaba con salir del pantano e ir a alguna gran ciudad como Dallas o Memphins, tocando canciones en micrófono abierto en clubes oscuros. Quería a su madre con una fuerte e inquebrantable pasión que Ander envidiaba y se esforzaba por entender. Llevaba camisetas sin mangas en invierno, y suéteres en la playa. Temía las alturas pero le encantaban las montañas rusas y planeaba no casarse nunca. No lloraba. Y cuando se reía, cerraba los ojos.
Sabía todo sobre ella. Pasaría cualquier examen sobre sus complejidades. La había estado observando desde el día bisiesto en que nació. Todos los Seedbearers lo habían hecho. La había estado observando mucho antes de que ella o él pudieran hablar. Y nunca habían hablado.
Ella era su vida.
Tenía que matarla.
La chica y la madre tenían las ventanas abiertas.
A los Seedbeares no les gustaría eso. Tenía la certeza de que a uno de sus tíos se les había encargado la tarea de atascar las ventanas del coche mientras madre e hija jugaban extrañadas en un toldo azul de café.
Pero Ander había visto una vez a la madre de la chica meter un palo en el regulador de voltaje de un automóvil que tenia la batería muerta y encenderlo de nuevo. Había visto a la chica cambiar un neumático a un lado de la carretera con un clima de cien grados sin apenas sudar. Podían hacer cosas, esas mujeres.Mas razones para matarlas, dirían sus tíos, alentándole siempre a defender su línea familiar Seedbearer. Pero nada de lo que Ander veía en la chica le asustaba; solo le causaba profunda fascinación.
Los antebrazos bronceados colgaban a ambos lados de las ventanillas abiertas del coche mientras pasaban la milla dos. Tanto la madre como la hija… ambas giraron al tiempo por algo en la radio que Ander deseaba poder oír.
Se preguntaba como olería la sal en su piel. La idea de estar lo suficientemente cerca para sentir su aroma se apodero de él en una ola de placer llegando casi a provocarle nauseas.
Una cosa estaba segura: nunca la tendría.
Se dejo caer de rodillas. El bote se meció bajo su peso, rompiendo el reflejo de la luna creciente. Luego se movió de nuevo con más fuerza, lo que indicaba una alteración en algún lugar del agua.
La ola estaba construyéndose.
Todo lo que tenía que hacer era observar. Su familia se lo había dejado muy claro. La ola golpearía; el coche se deslizaría por el puente como una flor se deslizándose por el borde de una fuente de agua. Ellas serian arrastradas hasta las profundidades del mar. Eso era todo.
Cuando la familia de Ander había conspirado en su lamentable alquiler vacacional en Key West con vista a un callejón lleno de maleza, nadie había hablado de las sucesivas olas que llevarían a la hija y a la madre a la inexistencia. Nadie había mencionado como se descompondrían lentamente los cadáveres en el agua fría. Pero Ander había estado teniendo pesadillas toda la semana sobre el cuerpo de la chica después de haber muerto.
Su familia le había dicho que después de la ola todo habría acabado y que Ander podía comenzar una vida normal. ¿No era eso lo que decía que quería?
Simplemente tenía que asegurarse que el coche se mantuviera bajo el agua el tiempo suficiente para que la chica muriera. Si por casualidad, -aquí los tíos comenzaron a discutir- la madre y la hija de alguna manera se liberaban y llegaban a la superficie, entonces Ander tendría…
No, dijo su tía Chora lo suficientemente alto para silenciar la habitación llena de hombres. Ella era lo más cercano que Ander tenía a una madre. La quería, pero no le agradaba. No sucederá, había dicho. La ola que Chora produciría seria lo suficientemente fuerte. Ander no tendría que ahogar a la chica con sus manos. Los Seedbearers no eran asesinos. Eran guardianes de la humanidad y prevenían el apocalipsis. Estaban generando un acto de Dios.
Pero era asesinato. En ese momento la chica estaba viva. Tenía amigos y una familia que la amaba. Tenía una vida delante de ella, posibilidades desplegándose como ramas de roble hacia el cielo infinito. Tenía una habilidad para hacer que todo lo que le rodeaba pareciera espectacular.
A Ander no le gustaba pensar sobre lo que sea que ella pudiera llegar a hacer algún día, aquello que a los Seedbearers tanto les asustaba que hiciera. La duda lw consumía. Mientras la ola se acercaba, considero dejar que esta lo llevara a él también.
Si quería morir, debería dejar el bote. Tendría que soltar la cadena soldada de su ancla. No importa lo fuerte que fuera la ola, la cadena de Ander no se rompería. Su ancla no se soltaría del fondo del mar. Estaban hechas de oricalco, un metal antiguo considerado mitológico por los modernos arqueólogos. El ancla en su cadena era una de las cinco reliquias hechas de la sustancia que los Seedbearers habían conservado. La madre de la chica, una extraña científica que creía en cosas que no podía probar que existieran, habría cambiado toda su carrera por descubrir solo una de las reliquias.
El ancla, la lanza, el lanza dardos, una ánfora, (un recipiente para beber agua) y el pequeño cofre tallado que desprendía un brillo verde poco natural… estos fueron los que permanecieron de su linaje, del mundo del cual nadie hablaba, del pasado que Los Seedbearers se empeñaron en reprimir.
La chica no sabia nada de Los Seedbearers, ¿pero sabia ella de donde venia? ¿Podría trazar la línea de su pasado tan rápido como la trazo él? ¿La línea que la llevaría al mundo perdido en el diluvio? ¿Al secreto en el cual ambos, ella y él, estaban inexplicablemente unidos?
Era el momento. El carro se aproximo a la milla cuatro.
Ander vio emerger la ola hacia el oscurecido cielo hasta que su cresta blanca ya no podía ser confundida por una nube. La vio alzarse en cámara lenta: veinte, treinta pies… una pared de agua moviéndose hacia ellos, tan negra como la noche.
Su rugido casi ahogo el grito que venía del coche. El grito no sonó como el de ella, más bien como el de su madre. Ander se estremeció. El sonido indicaba que al fin habían visto la ola. Las luces del coche brillaron, y luego sonó el motor. Demasiado tarde.
La tía Chora era tan buena como su palabra: había construido su ola perfectamente. Esta llevaba el olorcillo a citronela… el toque de Chora para enmascarar el olor a metal quemado que producía la brujería Zephyr. La ola era más alta que un edificio de tres pisos, con un vórtice concentrado en su profundo vientre, y un labio de espuma que devoraría el puente por la mitad dejando la tierra que había a cada lado intacta. Haría su trabajo limpiamente y, aun más importante, rápidamente. Difícilmente habría tiempo para que los turistas se detuvieran en la boca del puente para sacar sus móviles y grabar el acontecimiento.
Cuando la ola rompió contra el puente, se extendió por todas partes. Y luego, tomo el doble de fuerza al chocar contra el divisor de la autopista a tres metros por delante del vehículo, justo como estaba planeado. El puente crujió. El camino se doblo. El coche fue arrastrado hasta el centro del remolino. La parte inferior se soltó y la ola la arrastro hasta la cresta, y luego salió disparada hacia el turbulento mar.
Ander vio al Chrysler dando un peligroso salto en la cara de la ola. Mientras se tambaleaba, Ander se sintió consternado por lo que vio en el parabrisas del coche. Allí estaba ella: el sucio cabello rubio extendido hacia todas partes; perfil suave, como una sombra proyectada por la luz de las velas. Sus manos alcanzando a su madre, que se había golpeado la cabeza con el volante. Su grito cortó a Ander como el cristal.
Si esto no hubiera sucedido, todo podría haber sido diferente. Pero lo hizo:
Por primera vez en la vida de Ander, ella le miró.
Sus manos se deslizaron de la cadena del ancla de oricalco. Sus pies se levantaron del suelo del bote de pesca. En el momento en el que el coche cayó en el agua, Ander estaba nadando, luchando contra la ola, abandonando las bases de toda la fuerza ancestral que corría por su sangre.
Era la guerra, Ander contra la ola. Le golpeo, empujándole contra la base del banco del Golfo, aporreando sus costillas y volviendo a su cuerpo con dolor, a través de los arrecifes de coral que cortaban su piel, a través de las finas cortinas de algas y malezas. Su cabeza salió a la superficie y jadeó en busca de aire. Vio la retorcida silueta del coche -después se desvaneció bajo un mundo de espuma. Estaba a punto de llorar ante la idea de no llegar a tiempo.
Todo quedo en silencio. La ola se retiro, recogiendo toneladas de restos flotantes y arrastrando también al coche. Dejando a Ander atrás.
Tenía una oportunidad. Las ventanas estaban sobre el nivel del agua. Tan pronto como la ola volviera, el coche seria aplastado. Ander no podría explicar cómo su cuerpo salió del agua y se deslizo por el aire. Salto y extendió las manos.
El cuerpo de ella estaba rígido. Sus oscuros ojos estaban abiertos, de un agitado azul. La sangre se deslizaba por su cuello mientras ella se volvía para mirarle. ¿Qué veía ella? ¿Qué era él?
La pregunta y su mirada paralizaron a Ander. En ese desconcertante momento, la ola les rodeo, y una oportunidad crucial se perdió: tendría tiempo para salvar solo a una de ellas. Sabía lo cruel que era, pero, en un acto egoísta, no la iba a dejar ir.
Justo antes de que la ola rompiera encima de ellos, Ander le agarro la mano.

Eureka.

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